18 de febrero de 2022

El Señor es compasivo...

Salmo 102


El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.


El primer gran tema que salta a la vista en este salmo es el perdón. ¡Qué difícil nos resulta perdonar, y cuán olvidado lo tenemos!  Incluso hay personas que se precian de perdonar a quienes les han causado un mal, “pero jamás olvidar”, como si mantener esa revancha viva en el corazón fuera motivo de orgullo o de reafirmación.

El salmo, en primer lugar, nos habla del perdón de Dios. Un perdón sin límites, capaz de lavar y sanar toda culpa, toda herida emocional; capaz de borrar y saldar toda deuda. No sólo eso, sino que Dios, cuando perdona, lo hace con alegría y delicadeza: “te colma de gracia y ternura”. Quien experimenta el perdón de Dios y su compasión, siente esa calidez inmensa del abrazo comprensivo, amante, generoso. Quienes tienen una idea represiva de Dios, bien podrían leer y meditar estos versos. Lejos de ser un opresor, Él nos libera con su perdón y nos desata del peso de las culpas, que muchas veces cargamos nosotros mismos a nuestras espaldas.

En segundo lugar, nos habla de la justicia de Dios, que tan alejada está de nuestra mentalidad retributiva. “No nos trata como merecen nuestros pecados”. En nuestra cultura está muy arraigado el concepto de mérito, de “merecer”. Nos parece que, si alguien actúa mal, se merece una desgracia. Nos alegra que alguien se tope con la horma de su zapato, que las desgracias caigan sobre él. Le está bien, solemos decir, sin caer en la cuenta de que, al hablar así, nos estamos erigiendo en jueces y condenadores, como si fuéramos dioses y pudiéramos disponer del destino de las personas.

Y tal vez nuestros idolillos, nuestras falsas imágenes de Dios, sean así: vemos en ellas a una divinidad justiciera, vengadora, implacable. Pero nuestro Dios, el Dios de Israel y el Dios de Jesús, no es así. Nos puede sorprender y hasta indignar su gran bondad. Nos puede parecer excesiva y derrochona. ¿Por qué Dios no castiga a los malos? ¿Por qué tiene que perdonar tanto, por qué es “demasiado” bueno? ¿No es eso injusto?

El salmo, tan cercano al espíritu de Jesús, nos recuerda que Dios es como un padre tierno. Aún más, podríamos decir que es como una madre llena de amor por sus hijos. ¿Cómo va a rechazar a uno solo? ¿Dejará una madre de querer a un hijo, por malo que éste sea? Sufrirá por él, intentará ayudarle, rezará… pero nunca dejará de amarlo.

Si una madre humana puede amar así, ¿debería extrañarnos que Dios rebase la medida pequeña, mezquina y limitada de nuestro amor?

¡Menos mal que Dios es así! Ojalá podamos experimentar su amor y esto nos mueva a imitarle, tal como Jesús nos propone en el evangelio.

11 de febrero de 2022

Dichoso el que confía en el Señor


Salmo 1


Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.

Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos, ni entra por la senda de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los cínicos; sino que su gozo es la ley del Señor, y medita su ley día y noche.

Será como un árbol plantado al borde de la acequia: da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas; y cuanto emprende tiene buen fin.

No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal.


El primero de todos los salmos expresa un deseo íntimo del hombre de todos los tiempos: el anhelo de felicidad. Este salmo armoniza perfectamente con las lecturas de este sexto domingo.

Por un lado, el profeta Jeremías nos habla de dos tipos de persona: la que sólo confía en sí misma, en su fuerza y en su riqueza, y la que confía en Dios. El que deposita su fe en las cosas materiales o en sí mismo es como cardo en el desierto; el que confía en Dios es árbol bien arraigado que crece junto al agua. Son casi las mismas palabras del salmo: aquel que confía en Dios crecerá y dará buen fruto. Dios es el agua inagotable de la que beberá, y su espíritu jamás se marchitará. En cambio, el impío, aquel que no reconoce a Dios y quiere enraizar en cosas mundanas, acabará arrastrado por el viento.

El salmo también conecta con las bienaventuranzas del evangelio de este domingo. Más allá de leer las bienaventuranzas como una apología del pobre y del oprimido, hemos de ver en ellas una alabanza de los que siguen a Dios a todas; de los que dejarán a un lado su propio ego para lanzarse a anunciar la palabra de Dios, como Jesús mismo. Las bienaventuranzas son, en realidad, un retrato de Jesús y del profeta auténtico, el que habla la verdad sin miedo y, por ello, es rechazado y llora ante la incomprensión. Como consecuencia de ese rechazo, sufrirá, será despojado de sus bienes, será perseguido y difamado. Su pobreza será seguir fiel y apoyarse sólo en Dios. Estas son palabras dirigidas especialmente a los discípulos y, por tanto, a los cristianos de hoy, llamados a ser apóstoles.

Esta lectura es revolucionaria y resulta especialmente subversiva hoy, donde tanto se predica el “ámate a ti mismo”, “descúbrete a ti mismo”, “confía en ti mismo”. Nuestra sociedad occidental ha deificado al hombre y parece que todo cuanto ansía nuestro corazón está dentro de nosotros. O bien se idolatran ciertos valores, como el bienestar económico, el reconocimiento social, la fama, la ciencia y la tecnología. Se nos repite una y otra vez que es en nosotros mismos y en la amplia oferta del mundo donde podemos encontrar nuestra felicidad, y muchos caemos en la trampa de creerlo.

En cambio, pocos nos recuerdan que confiar solamente en nosotros mismos, o en tantas cosas que brillan a nuestro alrededor, es un error que nos lleva al abismo. La única tierra firme donde podemos anclar, echar raíces y crecer, desplegando todo aquello que podemos ser, es el amor: es Dios.

Quien confía en Dios por encima de todo, y quien medita y vive su ley —mi ley es el amor, ¡nos recuerda Jesús! — ese gozará de una vida plena, hermosa, profunda. Una vida que no estará exenta de dificultades ni de dolor, porque vivir con autenticidad es ir a contracorriente y nos toparemos con la burla, la oposición y la incomprensión de muchos. Incluso nuestros seres queridos o más cercanos pueden rechazarnos por querer vivir poniendo a Dios en el centro de nuestra vida. Pero la recompensa será grande… y no sólo en el más allá, sino donde comienza el cielo, aquí en la tierra.

Gustad y ved qué bueno es el Señor