14 de noviembre de 2019

El Señor juzgará a los pueblos con rectitud


Salmo 97



El Señor llega para regir los pueblos con rectitud

Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos; con clarines y al son de trompetas aclamad al Rey y Señor.
Retumbe el mar y todo cuanto contiene, la tierra y cuantos la habitan; aplaudan los ríos, aclamen los montes al Señor, que llega para regir la tierra.
Regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud.

Los versos de este salmo nos hablan de un Dios poderoso, glorioso, de un rey que gobierna el universo entero. Toda la Creación se rinde ante él y lo aclama. Con imágenes de vigorosa belleza, el salmista nos muestra un mar rugiente que con su oleaje también alaba al Creador, un monte que aclama a su Señor, un río que canta su majestad. Todo cuanto existe proclama a su autor.

La ciencia, en su avance, nos muestra que existen unas leyes físicas que rigen el mundo de la materia y la energía. Creer en la existencia de un ser superior que todo lo ha creado es una opción de fe, pero muchos pensadores son los que apuntan que, tras el orden y la asombrosa precisión de las leyes naturales, se atisba la inteligencia y el amor del Creador. De la misma manera que el genio de un artista se refleja en su obra, en la belleza prodigiosa del universo y en sus leyes también se manifiesta la grandeza de quien lo creó.

En su consagración del templo de la Sagrada Familia, el Papa Benedicto habló de cómo Gaudí había aunado la naturaleza y la revelación de Dios. Las piedras del templo recogen la maravilla del mundo creado y a la vez apuntan a una vida eterna que trasciende la materia, intentando plasmar la fuerza del espíritu. Naturaleza y divinidad se hermanan en este templo. Dios es la medida del hombre, nos dice el Papa. Un Dios cuya gloria es la plenitud de su criatura, un Dios cercano y amigo, Señor de la belleza y fuente de la belleza misma.

Sin embargo, vemos en el mundo de hoy muchas realidades que nos hacen dudar. ¿Realmente Dios gobierna el cosmos? Guerras, calamidades, desastres naturales… ¿Cómo podemos percibir la mano divina detrás de tanto mal aparente?

En el último verso leemos: «regirá el orbe con justicia y los pueblos con rectitud». Con estas palabras, el pueblo judío reconoce la existencia de una ley previa a la misma existencia humana, que todo lo rige. Es una ley que nos trasciende a los humanos: la ley de Dios, que es amor y donación pura. Por encima de las catástrofes naturales y por encima de los errores humanos, fruto de una libertad mal utilizada, prevalece la ley divina, que no será abolida. La vida acabará venciendo a la muerte, y el amor será más poderoso que el odio. Esta es nuestra esperanza.

18 de octubre de 2019

Nuestro auxilio es el nombre del Señor



Salmo 120


El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
Levanto mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá el auxilio?
El auxilio viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel.
El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche.
El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; el Señor guarda tus entradas y salidas ahora y por siempre.


Cuando nos vemos envueltos en dificultades y problemas, cuando nos sentimos angustiados o vemos peligrar nuestra integridad, física o emocional, es cuando, muchas veces, nos acordamos de rezar.
Dios siempre está ahí, y es realmente un gran apoyo y consuelo. Qué lástima que lo olvidemos cuando las cosas van bien y, en cambio, nos acordemos de él cuando el miedo y el dolor nos acosan. Entonces creemos necesitarlo más que nunca y, si somos personas de fe, recurrimos a él, como reza el salmo: “levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá el auxilio?”

Ciertamente, cuando falta ayuda humana, o cuando todos nuestros esfuerzos fracasan, ya sólo nos queda mirar hacia lo alto y confiar en Dios.

Pero ¿qué puede llegar a ser nuestra vida si siempre, cada día, en las alegrías o en las penas, confiamos en Dios?

Dios no es un guardián agobiante que nos asfixia con su presencia. Lejos de él cortar nuestras alas y nuestra iniciativa libre. Pero quien cuenta con Dios cada día, en sus empresas, en su trabajo, en su gozo, verá cómo su vida adquiere una profundidad, una belleza y un sentido muy especial.

Sí, Dios nos protege y nunca duerme. Siempre está cerca cuando le invocamos. En realidad, está dentro de nosotros, en lo más íntimo. Su aliento sostiene nuestra existencia entera. Afirman los teólogos que, si Dios dejara de amarnos un solo momento, dejaríamos de existir…

Si le llamamos con fe siempre responde. Es hermoso levantarse cada mañana y pensar, recordando los versos del salmo, que Dios nos guarda a su sombra, nos acompaña cuando entramos y salimos, nos protege de todo mal. Especialmente del peor mal, el que pugna por anidar dentro nuestro, la tentación sibilina del egoísmo y el orgullo.

Llenémonos de Dios cada mañana: invoquémosle, llevémosle siempre presente, como compañero en todo momento. A Dios le necesitamos siempre, pues nuestra vida está en sus manos.

27 de septiembre de 2019

Dichosos los pobres



Salmo 145


Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el  Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.
Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


En las sagradas escrituras, y muy especialmente en los salmos, Jesús encuentra un caudal para expresar el mensaje del Reino de Dios. Ya en el Antiguo Testamento vemos que el pueblo judío tenía un sentido de la justicia que sobrepasa en mucho las leyes humanas y nuestra mentalidad retributiva y un tanto mercantil.

La justicia de Dios es su amor magnificente e incondicional. El justo de Dios es el que reconoce a Dios tal como es, en su largueza y misericordia. Y puede aceptar su amor porque es humilde y se reconoce necesitado de Él. Este es el significado de la expresión “pobre en el espíritu”.

En este salmo podemos encontrar ecos de las bienaventuranzas. Vemos cómo Dios siempre está al lado de los que sufren, de los que viven oprimidos, perseguidos, hambrientos.

Muchos incrédulos podrían cuestionar: si Dios está con ellos, ¿por qué sufren? ¿No podría librarlos de los sufrimientos?

La respuesta está en el origen de tanto dolor. Hay un dolor inherente a la vida misma, como lo es el dolor de nacer, de morir y de perder a los seres amados. Pero hay muchos otros dolores causados por la injusticia y el egoísmo humano. Y en este caso, Dios ya nos da los medios para paliar el mal. Nos da capacidad, inteligencia y fuerza para combatir el sufrimiento, el hambre, las desigualdades sociales, la guerra… ¡Lo tenemos todo! También tenemos nuestra libertad. El uso que hagamos de ella tendrá sus consecuencias.

Cuando decidimos, libremente, obrar de manera que causamos daño a los demás, Dios sufre. Sufre y llora con los que padecen. Muere con ellos. No los dejará abandonados. La historia de la humanidad no puede leerse a corto plazo. En el transcurrir del tiempo encontramos sentido a los acontecimientos y vamos viendo cómo, a la larga, aquellos que prescinden de Dios y se rigen por su egolatría acaban sumidos en el vacío y en la muerte. Siempre ha sido así: el camino de los arrogantes acaba en un abismo. En cambio, a quienes cuentan con Él, Dios los sostiene y su huella deja un rastro de bondad que, a menudo, es imperecedero.

12 de septiembre de 2019

Volveré junto a mi padre



Salmo 50


Me pondré en camino a donde está mi Padre.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa, lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias. 


Hablar de pecado hoy está mal visto. Las filosofías ateas lo presentan como un invento moral para reprimir nuestros impulsos más genuinos y controlar nuestras mentes. Sin embargo, el sentimiento de culpa, de haber obrado mal, existe. Y permanece, por mucho que se niegue el valor de la moral cristiana.

Toda persona, además de cuerpo y mente, tiene lo que llamamos conciencia. Es una facultad universal que nos permite distinguir entre el bien y el mal. Pecado es elegir, libremente el mal. ¿Sus consecuencias? Una ruptura del hombre en sus relaciones fundamentales: consigo mismo, con los demás, con el mundo, con Dios. El pecado hiere la humanidad y mutila el alma. ¿Es innata la conciencia? Si no se desarrolla, queda latente en la persona y es entonces cuando decimos que alguien no tiene escrúpulos. Pero si se educa y se cultiva, con respeto, esta conciencia es la que nos permite andar por la vida con unos principios éticos, favoreciendo una convivencia armoniosa y madurando nuestra humanidad.

David compuso este salmo en un momento de dolor, cuando fue consciente del mal que había causado poseyendo a la mujer de Urías y enviando a éste a morir, al frente de sus tropas. Pasada la ofuscación del deseo, David comprendió el alcance de su pecado y lloró amargamente. Los versos del salmo son palabras de un hombre contrito, abrumado por el peso de la culpa. Y en ellos vemos un sincero anhelo de luz, de limpieza interior, de perdón.

Notemos que la Biblia identifica con frecuencia el perdón con la salvación. También actuaba así Jesús cuando curaba a los enfermos. El perdón es liberación, es hacer borrón y cuenta nueva, ¡y nadie como Dios para olvidar y animarnos a empezar de nuevo! El perdón es también fuerza espiritual. El pecado muchas veces es consecuencia de un alma débil, frágil y víctima de mil tentaciones. Reconocerlo así es el primer paso para reparar el daño. El mejor sacrificio, la mejor penitencia, es “un corazón quebrantado”. Roto de dolor, pero al mismo tiempo abierto a la reconciliación y a la misericordia que todo lo comprende, todo lo perdona y todo lo repara.

Saberse amado y perdonado por Dios no sólo nos sana por dentro, sino que nos llena de alborozo. Tanto, que nos impulsa a elevar un cántico de alabanza. De la pena por la culpa, los versos del salmo nos llevan a la alegría del perdón y la reconciliación con el Amor que nos sostiene siempre.

7 de septiembre de 2019

Enséñanos a contar nuestros años



Salmo 89

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.

Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornad, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. 

Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. 

Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. 

Este salmo puede sorprendernos por su existencialismo. Algunos de sus versos resultan muy actuales. ¿Quién no se ha estremecido más de una vez, considerando cuán rápido pasa el tiempo, cuán frágil es nuestra vida, qué poca cosa somos ante la muerte? Los existencialistas fueron conscientes de esta limitación de la vida humana y la sufrieron con angustia, hasta la náusea. Sí, da vértigo pensar que no somos eternos, que antes de ser engendrados no existíamos y que, un día, dejaremos de vivir. ¿Por qué nos asustan tanto estos límites?

La sed de eternidad es connatural al ser humano. Y por eso, desde tiempos inmemoriales, el hombre ha buscado algo —o alguien— más allá de la pura existencia terrenal, más allá de la realidad física, palpable y finita. El pueblo judío descubrió en esta búsqueda a Dios. Solo Él puede saciar esta sed de infinitud, sólo Él puede mitigar nuestra angustia y darnos paz para vivir dentro de nuestros límites. Recordemos aquellas otras palabras del Señor a Moisés: «Yo soy el que soy». El único que es en total plenitud, sin límites.

La sabiduría de los salmos, y de la Biblia en general, no es erudición, ni conocimiento científico, ni siquiera filosofía elaborada. Es una «sabiduría del corazón», esa que nos enseña a «contar nuestros días», la que nos permite aceptar nuestros límites y reconocernos como somos: ni dioses, ni todopoderosos, ni independientes. Pero esta sabiduría no se limita a ser realista en cuanto a la condición humana. Nos llevaría al vacío, al pesimismo desesperanzado y a la tristeza, y esto no puede colmarnos jamás. La sabiduría del corazón es la que, además, reconoce a Dios. No basta con saber que somos limitados: hemos de saber que Dios está junto a nosotros. Y Él, que es amor inmenso y desbordante –esto es la misericordia—, nos sostiene y sacia nuestros anhelos más profundos. Su bondad nos da alegría y nos permite vivir la vida, no con miedo resignado, sino con gozo agradecido. Junto a la menudencia humana está la grandeza de Dios: esta ha sido y es la experiencia de muchos santos. Reconocer esta doble realidad y abrazarla es un buen fundamento para vivir con paz. 

Abres la mano, Señor, y nos sacias