27 de agosto de 2020

Mi alma está sedienta de ti

Salmo 62

Mi alma está sedienta de ti, Señor Dios mío.


Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua.


¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y manteca, y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo; mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene.


Sólo quien ama intensamente y se sabe amado puede pronunciar con sinceridad las palabras de este salmo. «Mi alma está sedienta de ti» expresa una necesidad profunda, acuciante, tan honda como la sed física, tan dolorosa como el hambre. El salmista aún añade: «mi carne tiene ansia de ti». El deseo de Dios, de plenitud, de trascendencia, es tan ferviente como el deseo amoroso.

Este cántico nos habla de un amor que quizás nos parece muy alejado de los parámetros de nuestro mundo moderno. Hoy escuchamos que el amor va y viene, que nada dura para siempre; pero también oímos decir que la gente tiene hambre de afecto, de cariño, de reconocimiento. Y también vemos cuántas enfermedades del alma nos aquejan e intentamos vanamente paliar con medicinas, frenesí, ruido, gastos materiales y divertimentos que, al final, sólo consiguen dejarnos exhaustos y más vacíos.

El salmista habla de una sed que siempre aquejará al ser humano porque estamos hechos así, con un pozo interior que sólo puede llenarse de algo inmenso y eterno. Ojalá todos sintiéramos ese deseo dentro y lo reconociéramos. Porque el hombre sediento que está vivo busca la fuente que lo sacie y no duda en emprender el camino. Es cierto que el mundo le ofrecerá muchas falsas bebidas, alimentos que no nutren y bálsamos engañosos para saciar su hambre infinita. Pero si el alma está despierta la sed persistirá y le empujará a continuar buscando. Hasta que, en algún momento, la misma fuente que persigue le saldrá al camino.

Cuando Dios entra en nuestra vida, nuestra alma, árida como tierra reseca, renace. Dios nos alimenta y jamás se cansa de regalarnos sus dones. La vida penetrada por Dios experimenta tal cambio que la respuesta estalla forma de alabanzas: «Toda mi vida te bendeciré», «a la sombra de tus alas canto con júbilo». Si realmente estamos saciados de Dios, eso ha de notarse en una vida llena, activa, pacífica y profundamente alegre.

La unión con Dios no es algo reservado a los santos y los místicos. Todos los cristianos —en realidad, todos los seres humanos— estamos llamados a vivir esta experiencia de amor íntimo que nos arraiga en la tierra y nos permite crecer hacia el cielo.

21 de agosto de 2020

Señor, no abandones la obra de tus manos

Salmo 137


Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti, me postraré hacia tu santuario, daré gracias a tu nombre.

Por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera a tu fama; cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma.

El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.


En un mundo autosuficiente, donde Dios parece que sobra, donde el hombre tiene poder y cree dominar la naturaleza, este salmo resuena con voz extraña y bella, como el gorjeo del agua de un manantial podría sonar en medio del rugido de una gran urbe.

Frente al hombre libre y poderoso, la voz del salmo es la de quien se ha sentido pequeño y limitado. No somos dioses. Sentimos miedo y palpamos nuestra debilidad cuando los problemas nos acucian y tensamos nuestros límites.

Pero tampoco es la voz trágica del hombre que se siente juguete a merced del destino, del azar, o de un dios caprichoso. Porque los salmos son el canto del hombre que no sólo cree, sino que confía en Dios.

Un Dios eterno, no sólo omnipotente, sino bueno, capaz de enternecerse, de amar, de sufrir por su criatura, es la respuesta al vacío existencial que tan a menudo nos ataca cuando rozamos nuestros límites y todo parece perder sentido. 

Confiar en Dios acrecienta el valor. El alma abatida revive, apoyada en la certeza de saberse amada. Y el amor auténtico, el amor infinito, propio de Dios, es leal y firme. “Supera tu fama”, dice el salmista. El amor de Dios llega más lejos de lo que podamos imaginar.

Dios, continúa el salmo, se fija en el humilde y conoce al soberbio. ¡Cómo no va a conocernos, pues él nos hizo! Conoce también los entresijos y tentaciones de nuestra alma, tan dada a la soberbia cuando las cosas nos salen bien, tan propensa a la tristeza cuando se nos tuercen. También podríamos decir, desde la otra perspectiva: el soberbio no conoce a Dios. Quiere barrerlo de su vida, porque aparentemente no lo necesita. O quizás, en su soberbia, se fabrica la imagen de un dios irreal, a su propia imagen de humano enaltecido en su vanidad, ebrio de su inteligencia y poder. Siempre ha habido en la humanidad esa tentación de divinizarse, de hacerse dios.

En cambio, el humilde sí conoce a Dios, porque su mente y su corazón están abiertos. En la necesidad, experimentamos la lucidez del realismo y abrimos las manos para recibir ayuda. Y Dios da mucho más que ayuda, consuelo y apoyo. En realidad, se nos da a sí mismo. Todo su amor en nuestras manos. Y todo nuestro ser puede reposar en su pecho amoroso. De ese abrazo místico afloran las palabras de agradecimiento y de alabanza. ¡Somos amados! Como las de este salmo.

30 de julio de 2020

Abres tu mano y nos sacias


Salmo 144


Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.
Los ojos de todos te están aguardando, tú les das la comida a su tiempo; abres tú la mano y sacias de favores a todo viviente.
El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de todos los que le invocan, de los que lo invocan sinceramente.

Este salmo es quizás uno de los que más se leen durante el año litúrgico. Sus versos nos revelan el rostro de un Dios clemente, cariñoso, como un padre bueno y generoso, hasta la esplendidez, con todas sus criaturas.

Lejos está la imagen de este Dios de las divinidades de otros pueblos, poderosas, sí, pero distantes hacia sus criaturas. En el pensamiento occidental se ha infiltrado a menudo esa idea del Dios remoto, grande y poderoso, que, o bien es indiferente a los avatares de sus criaturas, o bien las somete a su capricho y voluntad.

El pueblo hebreo intuyó que Dios, creador, también era alguien cercano a su criatura. No sólo era poderoso, sino bueno. No sólo era sabio, sino justo en el sentido que ellos entendían: leal, generoso, capaz de amar incondicionalmente a todos, aún sin merecerlo.

Las lecturas de hoy nos hablan del pan, del hambre, de la sed. Se pueden leer desde un punto de vista material: el ser humano necesita alimento y bienes para sostenerse y vivir con dignidad. Y Dios provee de todo lo necesario: en la naturaleza, encontramos cuanto necesitamos, hay suficiente para todos.

Es el afán de poder humano el que dificulta las cosas, provoca conflictos y genera pobreza y desigualdad. Jesús, multiplicando los panes, hará un signo con un gran significado: somos responsables de un reparto de bienes justo que llegue a todos. Pero también alude a otra hambre, a otro pan. ¿Por qué tantas personas lo siguen? Porque están sedientas de otro alimento: el sentido, la trascendencia, el amor. Y Jesús no sólo dará pan de harina, sino que se dará a sí mismo como alimento para saciar el alma hambrienta.

Nosotros, a imitación de Jesús, y a imitación del Padre, ese Dios magnánimo del salmo, estamos invitados a la generosidad. Estamos llamados a estar atentos a las necesidades de los demás, a escucharles, a abrir las manos y darles lo que tenemos, compartiendo nuestros bienes.  Estamos llamados a no hacer oídos sordos ni a esquivar los problemas de los demás.

Cuando algunas personas nos echan en cara a los creyentes por qué Dios permite tanta hambre y tantas injusticias en el mundo, deberíamos pensar muy a fondo en esas protestas. Es cierto que Dios nos hace a todos libres y responsables para que nos organicemos en sociedades regidas por la justicia. Y es muy fácil echar la culpa a otros —a los gobernantes, a los banqueros, a los empresarios— de todos los males que ocurren. Pero los cristianos, ¿estamos dando testimonio del Dios bueno en que creemos? ¡Nosotros somos la mano de Dios! Podremos responder que Dios está al lado de los que sufren, luchando por alimentarlos de pan y de amor, si nosotros estamos comprometidos, haciendo algo por remediar sus necesidades.

Dios está cerca de todos. Pero en su delicadeza y respeto, no nos invade ni quiere arrollarnos con su poder. Sentiremos su cercanía si damos un primer paso, sencillo, quizás muy pequeño: «cerca está el Señor de los que le invocan sinceramente». Si le llamamos, con sinceridad y auténtico deseo de su presencia, Él acudirá. Porque nosotros podemos ser duros de oído, pero Dios está  siempre atento a la súplica de nuestro corazón.

17 de julio de 2020

Señor, eres bueno y clemente

Salmo 85


Tú, Señor, eres bueno y clemente.

Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia, con los que te invocan. Señor, escucha mi oración, atiende la voz de mi súplica. 


Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre: «Grande eres tú, y haces maravillas; tú eres el único Dios.»  


Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal, mírame, ten compasión de mí. 



Los creyentes estamos acostumbrados a considerar a Dios grande, poderoso, altísimo, justo, omnipresente… Nos es fácil verlo como creador, como juez, como rey. En cambio, ¡cuánto nos cuesta verlo como un padre misericordioso! ¡Cuánto nos cuesta imaginarlo como una madre comprensiva y compasiva! ¡Cuánto nos cuesta creer en su ternura, en su bondad, en su benevolencia!

Quizás porque todos proyectamos en Dios un poco nuestra propia personalidad. Si pudiéramos, si nosotros fuéramos dioses, seguramente nos gustaría mucho actuar como reyes poderosos y ejercer nuestras potestades al máximo. Nos encantaría exhibir esplendor, gloria, fuerza… y también nuestra violencia, si fuera necesario. Afortunadamente, Dios no es como nosotros.

El salmista se da cuenta de que Dios es más que todopoderoso. Dios es alguien cercano. Dios es bueno y cariñoso. Dios está cerca no sólo del hombre de éxito, del justo al que todo le va bien, del que recibe su premio. Dios también está cerca del pecador, del fracasado, del que intenta hacer las cosas más o menos bien y le salen torcidas. Dios está, también, con los pequeños, los últimos, los imperfectos y los marginados. En realidad, Dios está mucho más cerca de estos que de los triunfadores que se creen autosuficientes. No es que a Dios le gusta que fracasemos y vivamos mal; pero para aceptar su amor hace falta ser humildes y de corazón transparente y agradecido. Y, a veces, para alcanzar la humildad, no hay otra manera que pasar por el sufrimiento y la prueba. Somos tan arrogantes que no aprendemos sin dolor.

No es Dios quien nos castiga. Dios es compasivo y bueno. Son nuestras obras las que nos llevan, muchas veces, al desastre, a la enfermedad, al dolor o al conflicto. Es nuestra mala cabeza, o nuestro corazón un poco turbio, los que nos complican la vida. Pero Dios no nos falla. Él está ahí, al rescate. Como decía Isaías, no quiebra la caña rota ni apaga la candela vacilante. No está para darnos “el golpe de gracia” sino para levantarnos, sanarnos, aliviarnos y darnos su aliento. El salmista reza, grita y suplica. Porque sabe que Dios escucha. Cuando él llora, Dios recoge hasta la última de sus lágrimas. Y responde.

9 de julio de 2020

La semilla cayó en tierra buena y dio fruto


Salmo 64


La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces sin medida; la acequia de Dios va llena de agua, preparas los trigales.
Riegas los surcos, igualas los terrones, tu llovizna los deja mullidos, bendices sus brotes.
Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman abundancia; rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría.
Las praderas se cubren de rebaños y los valles se visten de mieses, que aclaman y cantan.

En pleno verano, tiempo de cosecha, este salmo nos lleva a nuestros campos de labor, dorados y muchos de ellos ya segados. Nuestra civilización tan mecanizada ha perdido mucho de aquel sabor de la tierra, el sudor del trabajo manual, la fragancia de las mieses batidas a mano o con el trillo, la alegría del labrador por la cosecha recogida. El duro esfuerzo hacía mucho más valiosa la recompensa y los frutos de la tierra eran celebrados con fiestas.
El pueblo de Israel, que siempre vivía bajo la mirada de Dios, no se olvidaba de él en estos festejos. El labriego ara, siembra, cava y siega, pero quien hace crecer la semilla, quien trae la lluvia sobre los campos e insufla vida en todo ser viviente, animal y vegetal, es el Creador. Por eso en la alegría de la cosecha hay un tiempo de gratitud para Dios.
Hoy, aquellos que vivimos en ciudades nos dedicamos a menudo a trabajos administrativos, burocráticos o mecánicos, cuyo resultado muchas veces no vemos o no podemos apreciar. Bueno es tomar distancia y reflexionar en el fruto de nuestro esfuerzo. En algunas profesiones es más fácil verlo, en otras no tanto. Pero en todo, pensemos que podemos contribuir a hacer el mundo un poco mejor si trabajamos por amor y con amor. Y no dejemos de dar gracias a Dios. Porque, finalmente, el que nos da la inteligencia, las fuerzas, la  creatividad, nuestros talentos propios, es él.
De la misma manera que riega la tierra y cubre las colinas de pastos, también alimenta  nuestro corazón y riega nuestro espíritu. Y lo hace con la mejor comida y la mejor bebida: su cuerpo y sangre, que tomamos cada domingo en la eucaristía. Ojalá, al salir de misa, cada uno de nosotros, como esos páramos del salmo, rezumara abundancia de gozo y amor; ojalá saliéramos de nuestras iglesias con el rostro y el alma orlados de alegría.

Cuánto amo tu voluntad, Señor