27 de mayo de 2021

Su misericordia llena la tierra

Salmo 32


Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.

La palabra del Señor hizo el cielo; el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre.

Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.


El pueblo de Israel forjó su conciencia nacional sobre una roca: la firme convicción de ser un pueblo amado, elegido y predilecto de Dios. Saberse respaldado por ese Dios leal, a la vez poderoso y compasivo, señor de la vida y amo de la creación, dio a Israel una fuerza insólita que le permitió superar las catástrofes y los avatares de la historia hasta  el día de hoy.

Con Cristo, esa predilección de Dios se amplía. El pueblo escogido ya no es solo Israel, sino toda la humanidad. Todos estamos llamados a ser hijos amados, todos podemos invocar su protección y esperar su auxilio y su fuerza. Todos podemos exclamar, con el salmista, ¡dichosos nosotros, porque somos la heredad de Dios! Felices porque Dios nos escoge y nos ama. Alegrémonos porque somos la niña de sus ojos. Todos, sin excepción.

Más allá de una lectura nacionalista e histórica de estos versos, a la luz de Cristo podemos leer en ellos una vivencia mística: la experiencia del hombre que se siente profundamente amado y salvado por Dios. Salvado, ¿de qué? De la muerte, del hambre. Dios nos libra no solo de la muerte y el hambre física, sino de la muerte del espíritu, de una existencia gris y sin sentido, de la sed insaciable de plenitud que tiene el ser humano. Solo Dios puede colmarla. Lo único que necesita es nuestras manos y nuestra alma abierta para llenarnos.

Su misericordia llena la tierra, dice el salmo. Vemos cómo nuestro mundo sufre muchos males, incluso muchos acusan a un Dios que parece ausente o indiferente. Pero, en realidad, Dios está cerca, incluso en las realidades de mayor dolor y crueldad. Está allí, sufriendo con los que sufren, dando aliento con los que resisten y ayudan. De no ser por su amor, el mundo entero habría sucumbido hace mucho. 

El Papa Francisco declaró en su momento un Año de la Misericordia. Fue una ocasión magnífica para redescubrir este atributo de Dios que, en palabras del Papa, es más que una cualidad suya, es su forma de ser más genuina. Si hay algo que el Señor no puede resistir es nuestra súplica, nuestro llanto, nuestro corazón quebrantado. Nunca deja de mirarnos, como una madre tierna que contempla a sus retoños. Nunca se aleja de nosotros. El que nos ha creado y nos sostiene en la existencia no dejará que perezcamos, ¡somos parte de su familia! En esta fiesta de la Trinidad estamos llamados a renovar nuestra confianza y nuestra intimidad con él. 

20 de mayo de 2021

Envía tu Espíritu, Señor


Salmo 103


Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres! Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas.

Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu aliento, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras. Que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor. 

El Salmo 103 es un cántico gozoso de adoración: el hombre reconoce la grandeza de Dios y prorrumpe en alabanzas hacia él.

No sólo se trata de un sentimiento de admiración ante la belleza de lo creado —la tierra está llena de tus criaturas—, sino de algo más profundo. El poeta que entona estos versos descubre que el simple hecho de que algo exista es un milagro, y que toda criatura, todo ser vivo, el universo entero, aún siendo admirables no serían nada si Alguien no los sostuviera en su existencia.

«Les retiras el aliento, expiran y vuelven a ser polvo.» El aliento de Dios se identifica con la vida que anima la materia. Detrás de toda forma viva aletea el Espíritu que ya preexistía, según dice el Génesis, aleteando sobre las aguas primigenias.

Por supuesto estas imágenes son simbólicas, pero tienen un significado más hondo que el mero mito. Este salmo, como el libro del Génesis, nos habla de un Dios que es Creador, cuya energía enciende la llama de la vida y que se despliega en una creación maravillosa, de la cual el ser humano forma parte central.

Porque el ser humano, a diferencia de las otras criaturas, no sólo existe y vive, sino que puede conocer a su Creador y disfrutar de su obra. Puede, incluso, imitarlo, jugando a crear y elaborando sus pequeñas obras de arte. Este verso del salmo recuerda el gozo del artista que acaba su obra y la ofrece a Aquel que lo hizo y le dio la capacidad creativa: «Que le sea agradable mi poema».

Un teólogo dijo que el Espíritu Santo es el Señor de la Belleza. En su mensaje a los artistas, los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI nos recuerdan que a través del lenguaje artístico se manifiesta el Espíritu de Dios. La belleza, efectivamente, nos habla de una mano creadora y del amor con que esa obra fue concebida.

Hoy, día de Pentecostés, puede ser una buena ocasión para reflexionar y ver de qué manera podemos esparcir belleza —auténtica y buena— a nuestro alrededor.

14 de mayo de 2021

Cuando Dios es rey, el hombre es libre


Salmo 46


Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Pueblos todos batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo; porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra.
Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas; tocad para Dios, tocad, tocad para nuestro Rey, tocad.
Porque Dios es el rey del mundo; tocad con maestría. Dios reina sobre las naciones, Dios se sienta en su trono sagrado.

El salmo de hoy acompaña las lecturas de la Ascensión de Jesús como una sinfonía triunfal y exultante. Es un salmo con tintes épicos, teñido también de gozo. Sus versos desprenden luz y alegría: la exaltación de ánimo de aquel que “ve”, reconoce y aclama la grandeza de Dios.

Qué fácil es admirarse ante la belleza del mundo, ante la grandiosidad de un paisaje o ante las maravillas del universo. Para muchos, agnósticos o escépticos, todo es fruto del azar. La realidad puede ser hermosa o terrible, pero siempre es desconcertante y desborda la capacidad de comprensión. Los interrogantes no hallan respuesta. Ante la falta de una explicación que dé sentido a todo cuanto existe, el corazón enmudece.

Pero quien sabe ver detrás de toda esta belleza la mano de un Dios Creador prorrumpe en exclamaciones como las de este salmo. La música es el mejor vehículo para transmitir lo que parece inefable: «batid palmas, tocad, tocad para nuestro rey». La admiración y la alabanza impulsan la creatividad humana. El hombre se anima a imitar a Dios entonando un cántico, plasmando una imagen, modelando una escultura o danzando con su cuerpo. Toda manifestación de arte, en cierto modo, es un destello de la divinidad que alienta en cada ser humano.

Aún hay más. El salmo llama a Dios «rey». El pueblo judío vivió muchos años sin monarquía y sus profetas se resistían al yugo de los reyes. En su fe, únicamente Dios merece el título y el honor de un soberano. Así ha sido también para los santos, que no han postrado su rodilla ante ningún poder temporal, solo ante Dios. Esta convicción tiene consecuencias profundas. Adorar solo a Dios, que es amor y que desea nuestra plenitud, significa liberarse de muchos temores, condicionantes y «respetos humanos», que a menudo nos esclavizan y empequeñecen nuestro espíritu. Adorar solo a Dios supone descartar los ídolos, ¡y nos rodean tantos! Las monarquías y los poderes terrenales suelen someter a las personas; debemos «amoldarnos» para encajar en una sociedad y ser aceptados y aplaudidos. Hemos de plegarnos a un pensamiento modelado para uniformizarnos, a unas ideas que nos engañan y, lejos de construirnos, nos esclavizan. O bien hemos de someternos a unas leyes disfrazadas de justicia porque así lo han decretado quienes detentan el poder. Quizás para algunos, que adoptan el pensamiento freudiano, «matar a Dios» signifique la liberación del hombre. Tal vez se han forjado una imagen muy errada de Dios, y olvidan que cuando Dios es apartado del mundo y el ser humano ocupa el lugar divino comienza una esclavitud terrible y a menudo arbitraria. El gran tirano del hombre es el mismo hombre. En cambio, cuando Dios es rey, el hombre alcanza su libertad.

29 de abril de 2021

El Señor es mi alabanza en la asamblea

Salmo 21


El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.

Cumpliré mis votos delante de sus fieles. Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan: viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor desde los confines del orbe; en su presencia se postrarán las familias de los pueblos. Ante él se postrarán las cenizas de la tumba, ante él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá, hablarán del Señor a la generación futura, contarán su justicia al pueblo que ha de nacer, todo lo que hizo el Señor.


Este salmo sorprende por el giro que da, desde su inicio hasta su final. Es el salmo que comienza con un clamor angustiado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Un salmo que asociamos con las lecturas de la Pasión y cuyos versos más conocidos son el retrato de un hombre desesperado, acosado, que suplica auxilio a Dios.

Pero el poema termina con estrofas luminosas y exultantes. Termina con una promesa que el poeta narra en presente, como algo que se está cumpliendo.

Dios, finalmente, restablecerá la justicia. Ante el hombre humilde, que se postra ante él, Dios hará resplandecer su bondad y lo bendecirá con toda clase de bienes. Hay en este salmo una fe profunda en la justicia divina y en su victoria sobre el mal. Y, al mismo tiempo, hay una condición: el fiel debe cumplir sus votos. El hombre encontrará a Dios si antes lo busca con sinceridad. Se hace necesaria la humildad, reconocerse carente, desvalido, pobre. Hay un vaciamiento interior previo antes de poder llenarse de Dios. Es preciso morir antes de resucitar.

El salmo también describe una visión utópica, en la que todo el mundo alaba y rinde homenaje a Dios. Todo el mundo lo busca y ante él se postrarán las naciones. Dios reinará en el mundo de los vivos, pero también en el de los muertos: “Ante él se postrarán las cenizas de la tumba”. Esta frase es impresionante. Está anunciando que Dios, el viviente, el Señor de los vivos, no solo dominará el mundo físico, sino también la misma muerte. Está preludiando la resurrección y otra vida, eterna e imperecedera.

Nuestro mundo, ciertamente, busca a Dios. A veces esa búsqueda tiene otros nombres: un afán de plenitud, de eternidad, de felicidad, de belleza… La humanidad está sedienta de trascendencia y la busca por mil caminos. El salmo afirma que quien busca y encuentra a Dios, será saciado de todas sus hambres. “Me hará vivir para él”, “vivirá su corazón por siempre”. La fe en Dios va acompañada, siempre, de la vida. Y no una vida cualquiera, sino “para siempre”. Una vida plena, que colma los anhelos más íntimos del ser humano. 

8 de abril de 2021

La piedra desechada


Salmo 117


La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. 
Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes.
Te doy gracias porque me escuchaste y fuiste mi salvación. 
La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. 
Es el Señor quien lo la hecho, ha sido un milagro patente.
Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor. 
Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo. 
Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.


La creencia en un Dios fundamentalmente bueno es un pilar de la fe de Israel. Y Jesús, que creció y bebió de esa fe, sabía en lo más hondo de su ser que esto era verdad. El mundo rueda, agitado por los avatares de la historia. La humanidad despliega su drama de glorias y oscuridades, siempre fluctuando entre la nobleza y la miseria. Pero en medio de ese mar agitado hay una roca firme y luminosa, un sostén que nunca falla, un amor sin condiciones, sin límites, sin vacilación. Un amor que todo lo sostiene porque todo lo ha hecho posible.

Dios como Señor de la historia se convierte también en el eterno apoyo y consuelo del ser humano. «Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres». Esta frase, que refleja una natural desconfianza, es cruda y realista: ¡los humanos somos tan poco de fiar! Pero, aún y así, Dios nos brinda su confianza. Se fía de nosotros, y quizás va a fijarse en los que aparentan mayor debilidad. Esa piedra que han desechado los constructores, ¿no serán todos los rechazados, los humildes, los que pasan por la vida sin pisar fuerte, con serenidad y discreción, sin arrogancia ni pretensiones?

Es justamente en ellos en quienes se fija Dios. ¿A quién elige para ser sus voceros, sus portadores de la buena noticia? No busca a reyes ni a héroes. Busca a seres humanos, tan humanos y falibles como los discípulos de Cristo. Tan humanos y cargados de defectos como nosotros, hoy.

¿Sabremos escuchar su voz? ¿Sabremos oír su llamada a ser piedras vivas de su Iglesia? ¿Sabremos ver, por encima de nuestras limitaciones, su inmenso amor, su comprensión y la fuerza que nos da? ¿Tendremos el coraje de reconocer nuestra pequeñez y, a la vez, la generosidad de dejar que la obra de Dios florezca en nuestras manos? Somos tierra limpia, humilde, húmeda y abierta… la semilla está sembrada, y lleva en sí toda la potencia del cielo. Nosotros tan solo tenemos que alimentarla con nuestro amor y dejarla crecer.

El Señor es compasivo y misericordioso