28 de junio de 2024

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado


Salmo 29


Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; su cólera dura un instante, su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme. Cambiaste mi luto en danzas. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Este salmo recoge con imágenes poéticas los avatares de la vida humana. Hay momentos de llanto, días de júbilo; dolor, gozo, muerte y vida se suceden. Y en medio de las turbulencias, siempre podemos encontrar a Dios.

Todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos sentido angustiados y oprimidos por las dificultades y por enemigos, ya fueran personas o situaciones que nos aprietan. ¡Cuántas nos parece estar metidos en un foso oscuro, un túnel sin salida!

Sin embargo, hay una mano salvadora que nos ayuda a salir adelante y nos hace revivir. Toda muerte precede a una resurrección. «Cambiaste mi luto en danzas», dice el salmo, en una frase que contrasta vivamente el duelo con la alegría más exultante. ¿Podemos superar las desgracias solos? No. Necesitamos ayuda. Y no hay soporte ni auxilio más poderoso que el de Dios.

Nuestra vida está tejida de claroscuros. «Al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo». Conoceremos toda clase de experiencias. Creer en Dios no nos librará de los problemas. Quizás todavía nos ocasione más, porque la fe acarrea compromiso y la coherencia a menudo exige nadar a contracorriente. Pero la alegría que trae confiar en Dios supera con creces esos momentos de oscuridad.

El salmo resalta, también, que Dios es Señor de vida, y no de muerte. Morir es quizás el mayor reto al que nos enfrentamos. Todas las pequeñas muertes y desprendimientos a lo largo de nuestra vida son puertas hacia una conversión, una renovación interior. La muerte definitiva, el fin de nuestra vida terrena, también será el umbral de otra Vida, renacida y plena. Esta es nuestra esperanza.

21 de junio de 2024

Eterna es su misericordia

Salmo 107 (106) 23-31


Dad gracias al Señor porque es eterna su misericordia.

Los que a la mar se hicieron en sus naves, llevando su negocio por las aguas, vieron las obras de Yahvé, sus maravillas en el mar.

Suscitó un viento de borrasca que entumeció las olas; subiendo hasta los cielos, bajando hasta el abismo. Bajo el peso del mal su alma se hundía, dando vuelcos, vacilando como un ebrio, tragada estaba toda su pericia.

Y hacia Yahvé gritaron en su apuro y él los sacó de sus angustias; a silencio redujo la borrasca, y las olas callaron.

Se alegraron de verlas amansarse y él los llevó hasta el puerto deseado.
¡Dad gracias al Señor por su amor, por sus prodigios con los hijos de Adán!

Las lecturas de hoy nos hablan de mares agitados y de tormentas. El mar tempestuoso siempre ha sido un gran símbolo de las turbulencias en la vida humana. Hoy más que nunca estas imágenes nos impactan, porque estamos en tiempos de crisis y guerras, incertezas, cambios y dificultades. El miedo a la pobreza, a la enfermedad, al dolor y a la muerte nos acosa. En algunos países sobrevivir es una proeza diaria; en otros, no sabemos qué nos depara el futuro y los pronósticos no son muy favorables… ¿Quién puede decir que no conoce la angustia y el pánico ante alguna de estas tormentas?

Leer este salmo nos hará ver que hace milenios los hombres atravesaban situaciones muy similares a los de hoy. Como estos marineros audaces, muchos se embarcaban en sus negocios y empresas, afrontando los riesgos del mar. Cuando la tempestad se desataba, cundía el pánico.

Podríamos decir que nuestra civilización contemporánea, tan confiada en sus logros y en su progreso, también está viviendo sus momentos de tormenta. El hombre se ha endiosado y ha creído que su poder no tenía límites. Ahora recoge las cenizas y el polvo de una carrera enloquecida. Cuando las cosas parecen derrumbarse de poco sirven el conocimiento y la experiencia. Adiós seguridades y orgullos: el arrogante se tambalea como un ebrio, dice el salmo, y toda su pericia de nada sirve.

¿Qué nos queda? Muchos, que no creen o dicen no creer en Dios, no tienen otro recurso que clamar al cielo. Aunque sea un grito incrédulo y desesperado. Otros recuperan la fe justo en medio de la borrasca. Otros esperan… o no esperan un milagro.

El salmo nos enseña que Dios no es indiferente. Dios no calla, no hace oídos sordos, no permanece inmóvil. El Señor que ha creado la naturaleza puede, si quiere, intervenir en cualquier momento a favor de sus hijos cuando claman a él. Dicen los teólogos que Dios no suele interferir en la evolución del mundo natural si no es necesario. Pero un grito angustiado basta para conmover su corazón y empujarlo a obrar. Nadie pide ayuda si no es porque ha tocado fondo y ha descendido hasta palpar la pequeñez y la fragilidad. Las experiencias de dolor, como dice el Papa Francisco, abren el corazón. Y por esa grieta de corazón quebrado puede entrar la luz…

Este es el prodigio: que el hombre deje intervenir a Dios. Que lo deje manejar la barca de su vida, que lo deje reinar y llevar las riendas. Quien así confía, tendrá motivos para maravillarse cada día. Pues Dios sabe más, y sabe qué necesitamos, qué nos conviene, que anhela nuestro corazón. Veremos prodigios, y grandes. Las olas se amansarán y nos llevará al puerto deseado. 

31 de mayo de 2024

Alzaré la copa de la salvación

Salmo 115


Alzaré la copa de la salvación invocando el nombre del Señor.

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación invocando su nombre.

Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo.


Cuando experimentamos que somos profundamente amados, quizás hay una reacción previa incluso a la alegría y a la reciprocidad: la admiración. Y más aún cuando somos receptores de un amor grande e inmerecido como el de Dios. El salmista se asombra ante tanto don y se pregunta: ¿Cómo le pagaré al Señor todo lo que me ha hecho?

También nosotros podemos preguntarnos hoy: ¿cómo pagar a Dios lo que nos ha dado? Podemos sufrir, tener problemas o enfermedades. Pero el solo hecho de existir y de tener alguien a quien amar ya es tan grande que no se puede igualar a ningún regalo humano. ¿Cómo devolverlo?

La siguiente frase impresiona: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Casi podemos imaginar a Dios llorando y doliéndose cuando muere una persona buena, alguien que le fue fiel. El salmo nos muestra ese rostro del Dios compasivo que ama a sus criaturas como una madre; le duele el sufrimiento y la muerte de cada una de ellas.

¿Cómo no confiar en un Dios así? A un Dios tonante, juez y terrible, podemos temerlo, aunque creamos en él, pero en ese miedo siempre habrá un resquicio de desconfianza y de sumisión. En cambio, el salmo continúa hablándonos de dos conceptos aparentemente opuestos: la servidumbre y la liberación. El poeta se confiesa siervo del Señor, alguien obediente a él, cumplidor de sus votos. Al mismo tiempo, declara que Dios ha roto sus cadenas. ¿No será que en la obediencia a Dios reside nuestra libertad?

¿Cómo entenderlo? Esta aparente paradoja puede comprenderse si profundizamos en qué significa obedecer a Dios, qué implica, y qué son esas cadenas.

El plan de Dios para nosotros es una vida en plenitud, una vida libre, que nos permita florecer y desarrollar todos nuestros talentos y aspiraciones. Obedecerlo no es otra cosa que dejar que ese hermoso plan se cumpla, confiando en su ley. Una ley que, desde los orígenes de la cultura hebrea, nos muestra bondad, benevolencia, atención a los más débiles, magnanimidad. Jesús dirá que toda la ley se resume en amar, a Dios y a los demás. ¿Puede ser opresora una ley así, cuando los seres humanos estamos hechos para el amor?

La noción de esclavitud, en la Biblia, está vinculada a la de maldad y pecado. Jesús, cuando curaba, perdonaba los pecados. El concepto de pecado, además de ser una ofensa a Dios, es el de un daño que esclaviza a la persona, que la impide desarrollarse plenamente y ser libre, entera, feliz. Quien ama se realiza y se libera. Por tanto, quien cumple esta ley divina del amor, rompe sus cadenas y puede cantar la oración más bella. Y este es el sacrificio más agradable a Dios: la alabanza de un corazón gozoso que ha sintonizado con su amor.

24 de mayo de 2024

Dichoso el pueblo que el Señor se escogió...


Salmo 32


Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos.
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que él se escogió como heredad.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempos de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti.

El pueblo de Israel se forjó con una fuerte conciencia de comunidad amparada por Dios. La fe en su Señor fue el distintivo y la piedra angular de su identidad como nación, en medio de otros pueblos de la antigüedad. Y este Dios mira con especial amor a su pueblo escogido, “su heredad”. Saberse nación elegida dio una gran fuerza a la comunidad israelita.

Con Cristo, este pueblo escogido ya no se limita a las tribus de Israel. El pueblo escogido por Dios, en realidad, es toda la humanidad. Todo ser humano es hijo predilecto y amado, llamado a vivir en plenitud ante la presencia amorosa de su Creador. La misma fe de los judíos, su misma convicción de ser protegido y querido por Dios, es compartida por todos los creyentes.

Es fácil interpretar los escritos del Antiguo Testamento bajo un tinte nacionalista y político. También es fácil tachar estos versos de exclusivistas, de elitistas y soberbios. ¿Por qué Dios va a preferir a un pueblo sobre los otros? Pero si leemos la Biblia como lo que es: no como un mero libro de historia o un documento de identidad nacional, sino como un testimonio místico y espiritual, encontraremos un sentido mucho más hondo y vivo en sus frases. Y este salmo es más que una proclamación de pueblo elegido.

Es una plegaria agradecida del hombre que se siente salvado por Dios. Es una profesión de fe, una súplica y al mismo tiempo una alabanza. Hay en el salmo un doble movimiento, una reciprocidad: Dios protege a sus fieles; pero el hombre fiel también elige confiar en Dios. Solo quien ha conocido el hambre —física y moral— y quien ha padecido hasta el punto de sentirse impotente y pequeño puede dar ese paso: despojarse de prejuicios y falsas seguridades y ponerse en manos de Dios. Más tarde, podrá reír y elevar un cántico al experimentar la alegría de haber sido salvado.

3 de mayo de 2024

Misericordia y salvación

Salmo 97


El Señor revela a las naciones su salvación.

Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.

El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia, se acordó de su misericordia y su fidelidad a favor de la casa de Israel.

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera, gritad, vitoread, tocad.


Hoy nos encontramos con este salmo que resuena con tonos épicos de himno triunfante. La forma del salmo expresa la grandeza de Dios, su belleza, su poder.

Pero hay un fondo que va más allá de la mera imagen del Dios victorioso, poderoso y favorecedor de un pueblo escogido.

¿Cuáles son las cualidades de este Dios? La misericordia y la fidelidad. No se habla de violencia, ni de poderío, ni de terror. Dios extiende su ley, que no es tiranía, sino amor entrañable —misericodia— y apoyo incansable y leal —fidelidad— al ser humano. Como afirma el Papa Francisco, la misericordia es mucho más que una cualidad de Dios: es la forma preferente en que se manifiesta a los hombres, el espacio donde se establece un diálogo de amor entre creador y criatura.

Dios no es nuestro enemigo ni una fabulación para dominar las conciencias, como tantos pensadores han proclamado. Dios es nuestro mejor aliado, aquel que no sólo nos protege y nos cuida, sino que nos hace crecer y desplegar todas nuestras posibilidades. La justicia de Dios no consiste en condenar, separar y elegir, sino en perdonar y acoger a todos. La palabra salvación, en hebreo, es un concepto mucho más rico que el de mero rescate. Salvación significa salud, paz, prosperidad, felicidad, desarrollo. La salvación de Dios es la gloria y la plenitud del hombre.

Y, aunque este salmo sea un himno de Israel, ya en sus versos se atisba la universalidad de Dios. «Aclama al Señor, tierra entera». No será un solo pueblo, ni una pequeña porción del planeta, la favorecida por Dios. Como nos recuerda el evangelio de hoy, la salvación es para todos. El amor de Dios llega hasta los confines de la tierra. Allá donde palpite un alma humana, Dios hará llegar la oferta generosa de su amor.

Cuánto amo tu voluntad, Señor