31 de octubre de 2026

Esta es la generación que busca tu rostro


Salmo de David

Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
 el orbe y todos sus habitantes: 
él la fundó sobre los mares, 
él la afianzó sobre los ríos. 
¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro? 
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos ni jura con engaño. 
Ese recibirá la bendición del Señor, 
le hará justicia el Dios de salvación.
 

El salmo 23 (24), compuesto para cantar en las grandes liturgias del templo, nos habla de la gente buscadora de Dios. En el mundo son muchas las personas que abrigan el deseo de encontrarlo y de ver su rostro. Los mueve el hambre de eternidad que está inscrito en su interior.

¿Cómo descubrimos a Dios? Para muchos, la contemplación de la naturaleza y su hermosura ya es una evidencia de Dios. Alguien ha tenido que crear este universo, los mares, los montes. Más aún: Alguien tiene que ser el autor de la vida, que ha dado lugar a los seres vivos y al mismo ser humano.

Sin embargo, también son muchas las personas que no ven en la realidad un signo de la presencia de Dios. Las filosofías ateas o materialistas son poderosas y quisieran borrar todo rastro de divinidad en el mundo. La mentalidad moderna ve el mundo como un campo que explorar y explotar; una mina de recursos, casi un producto. No era así en el mundo antiguo, que veía en la naturaleza señales continuas de la presencia divina. Hemos pasado de un universo encantado al mundo convertido en un mercado.

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede contemplarlo y estar ante Él? El salmista responde: «el hombre de manos inocentes y puro de corazón». Jesús dirá, en el sermón de la montaña: «Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios».

¿Quiénes son los limpios de corazón? Aquellos que están libres de prejuicios, como los niños, capaces de creer y admirar. Los que tienen la mente y el alma abiertas, listas para aprender, despiertas para percibir los signos. 

Esta es la pureza que nos permite descubrir a Dios, no sólo en las maravillas de la naturaleza, sino en Cristo, en la comunidad de la Iglesia y en los demás.

San Juan en su evangelio dice que a Dios jamás nadie le vio, pero que Jesús, su Hijo, lo manifiesta y que, quien le ve a él, ve a Dios. Muchas personas son reticentes y el cristianismo ha sufrido y sufre rechazo justamente por esto. ¿Cómo es posible ver a Dios en una figura humana, por excelente que ésta sea? Por esto lo rechazaron los judíos y por esto mucha gente, hoy, se aleja de la Iglesia. Creen en Dios, pero no en su Hijo, hecho hombre. Creen en cierta idea de la divinidad, pero no en un Dios personal, cercano, dialogante y amante.

Los antiguos hebreos creían en el Dios personal. Por eso se dirigen a Él y le hablan: «Venimos a tu presencia», porque saben que escucha y les dará una respuesta. Nuestra religión es la fe del ser humano que se comunica con Dios. Y el Dios que se comunica responde: da su bendición y hace justicia. ¿Cómo entender la justicia de Dios? No se asemeja a la humana. La justicia de Dios no es un premio, sino un regalo inmenso: su propio amor. Y aún más, él mismo.

Quien a Dios tiene nada le falta. ¡Feliz él! En esto se fundamenta la santidad.

23 de octubre de 2026

Tú eres mi fortaleza


Salmo 17


Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi liberador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.

Cuántas veces se ha acusado al cristianismo de ser una religión de débiles, un consuelo barato, un remedio para someter a los espíritus inseguros, cargándoles de miedo y de culpa. Ciertamente, para los creyentes, la fe en Dios es un consuelo, una fuente de fortaleza y de energía que nos anima en las horas más bajas.

Pero los versos de este salmo no reflejan miedo ni estrechez de corazón. Al contrario, exultan de alegría porque quien canta se siente fuerte, seguro, protegido y bendecido. Sobre todo, se siente amado.

El cantor del salmo reconoce la pequeñez humana. Quien pronuncia estos versos hace suya aquella frase de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta». Con Dios, el más débil y quebradizo se hace fuerte. Dios es una auténtica fortaleza, un baluarte, una roca que no falla.

A lo largo de la historia, y con el vertiginoso progreso técnico y científico que ha experimentado Occidente, los humanos nos hemos creído poderosos e invencibles. Liberarse de Dios era un paso más en la emancipación y madurez de la especie humana. Podría parecer que ya no necesitamos una fortaleza ni un escudo protector. Nos bastamos a nosotros mismos.

Los avatares de la historia y el existencialismo nos han mostrado, sin embargo, que la vida desarraigada de Dios se convierte en un absurdo abismal. Sin el apoyo de esa Roca somos hojas secas llevadas por el viento. El vacío y el azar nunca podrán saciar nuestra hambre de plenitud.

Volver a Dios, buscar su refugio, no es crearse un consuelo artificial. Sentirse amparado en Dios es la experiencia del que abre su corazón, su mente y su espíritu, y regresa al verdadero hogar del hombre, el corazón del Padre, que es puro Amor. Quien recupera esas raíces profundas del ser, anclado en Dios, experimenta la protección, la bendición, y se ve imbuido de una fuerza que, paradójicamente, supera en mucho sus limitadas capacidades humanas.

Las palabras de este salmo son una bella oración para pronunciar cada día, o siempre que nos sintamos acosados por el miedo o las dificultades. ¡No desfallezcamos! Tenemos un Defensor al que nada, ni nadie, puede abatir.

16 de octubre de 2026

Aclamad la gloria y el poder del Señor

Salmo 95


Aclamad la gloria y el poder del Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Porque es grande el Señor, y muy digno en alabanza, más temible que todos los dioses, pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»


Las lecturas de este domingo nos llevan a una reflexión sobre la realeza, el poder y la grandeza humana y divina. En el evangelio, Jesús pronuncia esa frase rotunda, vigente en el paso del tiempo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

En este salmo se ve reflejada una honda convicción de los antiguos israelitas: el único rey, el único digno de alabanza, de gloria y adoración, es Dios. Él está por encima de reyes y de otros dioses —que son sólo “apariencia”—. Él es el único señor ante quien el hombre debe hincar su rodilla.

Muchos autores advierten una veta subversiva en el judaísmo, que se trasladó al cristianismo. Ambas religiones cuestionan el poder humano y su alcance, relativizan la autoridad de los reyes y los dirigentes terrenales y se remiten a un último poder: el de Dios.

En realidad, esto nos lleva a una visión realista y profunda de la condición humana: el salmista ataca la deificación, la apoteosis, el auto engrandecimiento de aquellos gobernantes y líderes que se divinizan a sí mismos y creen que el ser humano no tiene límites. 

Sin desatender nuestros deberes civiles, el salmo y el evangelio de hoy nos exhortan a no olvidar que, por encima de todo, está Dios. Y él “gobierna a los pueblos rectamente”. Desde la visión cristiana, podríamos decir que cuando las sociedades se rigen por la ley de Dios, que es el amor, entonces se pueden dar unas condiciones de justicia y de paz que favorecen el desarrollo de la persona. No se trata de que las instituciones religiosas interfieran en el gobierno, sino de que éste tenga en cuenta sus límites, respete la libertad sagrada de cada cual y fomente aquellos valores que contribuyen a la dignidad y a la plenitud de toda persona, sin distinción.

9 de octubre de 2026

El Señor es mi pastor


Salmo 22


El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Las palabras de este salmo nos resultan muy familiares. Es, quizás, el más recitado y cantado de todos. Lo solemos escuchar en funerales, pero también en ocasiones más alegres y festivas. Es una oración de confianza total en Dios.

El salmo toma imágenes del antiguo testamento propias de los reyes, y las asocia a Dios. Así, en Israel un rey era considerado pastor del pueblo, guía y protector. El rey era ungido. La vara y el cayado son a la vez símbolo de realeza y de defensa, de protección.

Nos fortalece saber que Dios está ahí, cercano, como presencia amorosa que vela por nosotros. Sin embargo, buena parte de nuestra sociedad moderna, descreída, ha visto en esta fe un consuelo para mentes simples, o una invención para sentirse amparado por una seguridad ficticia. Además, la idea de que alguien nos «pastoree» es rechazada. El hombre maduro debe ser libre y autónomo, nadie tiene por qué guiarlo a ningún sitio: él mismo es su propio guía y director.

Sólo quien se deja guiar y confía en Aquel que le ama sabe cuán ciertas son las palabras del salmo. También hay que tener valor para confiar. Y confiar en Dios supone confiar en las personas que pone en tu camino, aquellas que sin interés alguno solo desean tu bien.

A veces los caminos de Dios parecen arriesgados; no son rectas fáciles que atraviesan llanuras, sino veredas que ascienden montañas escarpadas. La vida, para quien quiere vivirla con autenticidad, no es siempre un mar plácido. Pero cuando se escucha y se cuenta con Dios, todo se puede superar. Con él, somos capaces de todo. «Todo lo puedo en Aquel en quien confío», decía San Pablo. Y no sólo nos hacemos fuertes, sino que Dios, que nos ama, nos guía hacia lo que verdaderamente nos hace crecer, desplegar nuestro potencial, hacia lo que nos hace felices. A veces hemos de reconocer que él sabe mejor a dónde llevarnos. ¡Tan sólo necesitamos fiarnos!

25 de septiembre de 2026

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Salmo 24


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: 
haz que camine con lealtad; 
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, 
y todo el día te estoy esperando. 

Recuerda, Señor, 
que tu ternura y tu misericordia son eternas; 
no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; 
acuérdate de mí con misericordia, 
por tu bondad, Señor. 

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; 
hace caminar a los humildes con rectitud, 
enseña su camino a los humildes.

En esta oración podemos distinguir tres partes. Son como los tres movimientos de una sinfonía, o las tres etapas de un diálogo confiado con Dios.

En la primera hay una petición: Señor, enséñame. Enséñame porque la vida es complicada y en el mundo hay tantos mensajes, tanta información, tantos caminos por donde perderse… Vivimos inmersos en la confusión y necesitamos luz para conocer qué camino nos conduce a una vida llena, con sentido. Una vida íntegra donde seamos auténticamente nosotros y nos podamos sentir unidos a los demás. A veces necesitamos ayuda, nadie es buen maestro de sí mismo. Para aprender hay que ser humilde y tener paciencia. «Todo el día te estoy esperando». Quien ama, espera. Y quien espera demuestra su perseverancia.

La segunda parte es una toma de consciencia de nuestro pecado. Reconocemos que nos hemos alejado de Dios. Vemos claramente nuestros fallos y errores. La palabra pecado, en hebreo antiguo, significa desviación, el fallo de una flecha que no alcanza su diana. ¿Cuándo nos apartamos de Dios? ¿En qué momentos lo olvidamos e intentamos hacerlo todo por nuestra cuenta, creyéndonos dioses de nosotros mismos? Cuando somos conscientes de esto, llega el arrepentimiento y el deseo de reconciliación. Necesitamos volver a los brazos del Padre, necesitamos su cercanía, su ternura, su perdón.

Y la tercera parte es de alegría: ¡claro que Dios nos perdona! Claro que se acerca a nosotros. Más aún: viene corriendo en nuestro auxilio, como el padre del hijo pródigo. Nos abraza, nos acoge, hace fiesta para nosotros. Perdona y olvida. Con él no hay deudas que saldar. Si regresamos a su lado, quedamos limpios de culpas y no hay cargas pendientes… Pero, para aceptar este amor y este perdón incondicional hace falta ser humilde. Si somos orgullosos y creemos que todo lo que recibimos es por mérito nuestro, ¿cómo vamos a aceptar un perdón incondicional? Si vivimos instalados en una ética del premio y del castigo, ¿cómo entenderemos la gracia de Dios, que se da sin medida? Dios no nos perdona por otra cosa que por su amor. Porque quiere. Se necesita un corazón muy sencillo, muy humilde, abierto como los de los niños, para aceptar esto.

Pero una vez se acepta, ¡qué alegría tan grande! La alegría que pone versos en el corazón y en los labios, que se convierte en danza y en cántico de alabanza. Qué bueno es Dios, que nunca nos deja por el camino y convierte en enseñanza todo cuanto nos sucede.