4 de abril de 2025

El Señor ha estado grande...


Salmo 125


El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

La liturgia contempla la lectura de este salmo en más de una ocasión. Lo leemos durante el tiempo ordinario, como cántico agradecido por los dones de Dios. Lo volvimos a leer en tiempos de Adviento, como himno de espera regocijada. Y lo leemos ahora, en Cuaresma, cuando nuestra espera es aún más gozosa, si cabe. En Adviento esperábamos el nacimiento, el Dios hecho hombre que venía a habitar entre nosotros. En Cuaresma esperamos la Pascua: el milagro del Hijo de Dios resucitado que nos abre las puertas del cielo.

Son los dos momentos cumbre en esta larga historia de amor entre Dios y la humanidad: en Navidad, Él desciende a la tierra, acampa entre nosotros, se hace humano. En la Pascua desciende más aún, hasta la muerte, y vuelve a ascender en la resurrección. En ambos momentos la humanidad es elevada, dignificada y empapada del amor divino.

Los salmos, aún escritos en el Antiguo Testamento, ya nos hablan de esta humanidad transformada por el amor y la misericordia. De la misma manera que el agua hace fértil la tierra y la cosecha compensa con creces los esfuerzos del labrado y la siembra, también la generosidad de Dios transforma nuestra vida y premia a aquellos que confían en Él.

Las imágenes del desierto que florece y de los campos de mieses en plena cosecha son preludios simbólicos de una resurrección. Después de nuestra muerte experimentaremos ese nacimiento a otra vida que no podemos imaginar… Pero ya antes, en nuestra vida terrena, podemos experimentar muchas pequeñas muertes y muchos renacimientos cada vez que nos dejamos tocar por la misericordia de Dios. Cada vez que abrimos el corazón a su bondad él enviará su lluvia y regará nuestro yermo interior y hará brotar algo nuevo.

28 de marzo de 2025

Gustad y ved qué bueno es el Señor


Salmo 33


Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloria en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias.

Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias.


El verso de este salmo que repetimos, cantando, es de una belleza fresca y sorprendente. Gustad y ved. No habla de fe ciega, de conocimiento abstracto o de razonamientos. La bondad del Señor no solo se sabe o se cree, sino que se gusta, se saborea, se palpa, se ve. La experiencia de Dios no se limita a nuestra mente, sino que rebasa el campo del pensamiento y empapa toda nuestra existencia. Dios nos habla a través del corazón y de los sentidos. Y su sabor es bueno. Su experiencia es dulce y vivificante. No nos adormece, sino que nos despierta y nos fortalece.

Quien experimenta a Dios en su vida rebosa, y no puede menos que prorrumpir en alabanzas. Irradia ese amor que lo llena. El contacto con Dios libera de temores, miedos, angustias. No sólo las aparta de nosotros: nos libera.

En el salmo también podemos ver esa cercanía de Dios: un Dios al que podemos hablar, y que nos responde. Lejos de él esas concepciones de una divinidad distante, impersonal, neutral y alejada de los asuntos humanos. El Dios de Israel, el que transmiten los salmos, el Dios de nuestra fe cristiana, es personal, próximo, dialogante. Nos escucha y nos atiende. Nada de lo que es humano le resulta indiferente. “Ni un solo cabello de vuestra cabeza caerá sin que lo sepa”, dice Jesús. Por eso, los creyentes tenemos motivos sobrados para la alegría, para el ánimo y el coraje. Tenemos motivos para “quedar radiantes” y no avergonzarnos jamás de nuestra fe.

Hoy celebramos el cuarto domingo de Cuaresma, aquel que se denomina Laetare: domingo de fiesta exultante, que nos invita a vivir contentos. Todas las lecturas nos hablan del amor desbordante de Dios: esa es la fuente de nuestro gozo.

21 de marzo de 2025

El Señor es compasivo y misericordioso

Salmo 102


El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.
El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel.
El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles.


Este es un salmo muy conocido. Sus palabras resuenan en nuestros labios y a menudo no sólo lo escuchamos, sino que lo cantamos, «El Señor es compasivo y misericordioso».

Entre todas las atribuciones que la Biblia da a Dios, es quizás esta la más frecuente. Antes que juez severo, Dios es padre compasivo; no condena, sino que salva; no nos envía desgracias, sino ternura; no se enoja, sino que tiene una infinita paciencia con nosotros.

Cuando oímos decir a tantas personas que Dios es distante, que no se ocupa de nosotros, que, incluso, se ríe y juega con el mundo; o bien que es cruel y nos somete a duras pruebas, estamos asistiendo a una triste caricatura de Dios, ¡tan errónea! Qué lejos este Dios deformado y espantoso del Dios de Moisés, del Dios de Jesús de Nazaret, del Dios que no espera nuestra búsqueda, sino que sale a nuestro encuentro y se revela, porque le conmueve nuestro dolor y no puede resistir vernos sufrir más.

Dios no está alejado, no. El evangelio de este domingo nos presenta a los judíos sobrecogidos por dos catástrofes que han causado la muerte de muchas personas: una de origen natural —el derrumbamiento de una torre— y otra de origen político —una matanza violenta—. Hoy, estos hechos nos pueden recordar las catástrofes naturales que se cobran miles de víctimas, o las lacras de la guerra y el terrorismo. El mundo no ha cambiado tanto, la humanidad tampoco. Hoy, como hace dos mil años, nos preguntamos dónde está Dios, que «permite» que sucedan estas cosas.

Pero Dios está ahí, sufriendo con los que sufren, ayudando con los que ayudan, alentando la fuerza de los que luchan por sobrevivir y rescatar la belleza de la vida. Dios nunca se alejó. En todo caso, podríamos preguntar: ¿no seremos nosotros los que nos hemos alejado de Él?

Los versos de este salmo son una hermosa oración que vale la pena recitar, recordar y meditar en el corazón. Dios es nuestra vida. Él nos libera, de la enfermedad del cuerpo y del alma; el nos da alegría, fuerza, inteligencia, capacidad para discernir. «Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre sus fieles»… Como el sol, que luce para todos, así brilla el rostro de Dios sobre nosotros. ¿Por qué especifica el salmo «sobre sus fieles»? Porque, aunque su amor es para todos, es cierto que no todos sabrán o querrán verlo. Siempre hay quien rechaza la luz. Y, a veces, necesitamos esos momentos de tiniebla, de tropiezo, de intenso dolor interior para darnos cuenta de que hemos de cambiar de rumbo y buscar esa luz que se nos ofrece gratuita y generosamente. En el momento en que giramos nuestro rostro hacia Dios ha comenzado nuestra conversión.

14 de marzo de 2025

El Señor es mi luz

Salmo 26

El Señor es mi luz y mi salvación

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor.


El salmo que leemos hoy enlaza con las palabras del profeta Isaías, vaticinando la luz y la liberación para su pueblo esclavizado, y con las de Jesús en las aldeas de Galilea, exhortando a la conversión, “porque el Reino de Dios está cerca”.

¿Qué es el Reino de Dios? Podríamos responder con estos versos del salmo: es “habitar en la casa del Señor”, “gozar de la dulzura del Señor”, gozar de su dicha “en el país de la vida”. El país de la vida: esta podría ser una bella definición del Reino de Dios.

Porque Dios reina allí donde hay vida, belleza, abundancia, amor. Y su reino no es otro que vivir en su presencia: ante nosotros, dentro de nosotros, palpitando en nuestro ser.

Las escrituras siempre han tomado la luz como imagen de Dios. La luz es energía, potencia, signo de vida. Donde hay luz, por más miseria y pecado que pueda abundar, las tinieblas acaban huyendo. No hay un solo rincón que permanezca en completa oscuridad allí donde alcanza el más pequeño rayo de luz.

¿Por qué a veces nuestras vidas parecen tan oscuras y nos hundimos en el desánimo y en la tristeza? No es porque falte la luz, sino porque nos encerramos a cal y canto en nuestras mazmorras, pensando que dentro de ellas encontraremos respuestas… Quizás tenemos miedo a lo que puede entrar de afuera de nosotros. O desconfiamos y creemos que nada que venga de afuera puede ser bueno. Incluso se nos ha inculcado que todo lo que nos viene dado por otros puede ser una amenaza a nuestra libertad. Pero esta misma idea ya es algo ajeno a nosotros, que alguien nos ha inoculado sutilmente, apelando a nuestra autonomía y libre albedrío. En realidad, todo cuanto pensamos y creemos nos ha venido dado, y lo hemos integrado en nuestra mentalidad junto con nuestra propia experiencia vital.

Pero la desconfianza, ¡es tan frecuente! Cuánto nos cuesta abrir un resquicio de alma a la luz. Con qué obstinación nos aferramos a nuestro pobre y mísero yo, confundiendo la egolatría con la libertad.

Los versos del salmista son el canto de quien ha vencido esos miedos y ha hecho saltar los cerrojos de su corazón. Con la luz, desaparece el miedo. Con la calidez de Dios, se diluye la tristeza. ¿Quién me hará temblar? En los momentos más bajos de nuestra vida, recordemos las palabras de este salmo: “Sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor”. Porqué Él jamás defrauda a quien lo espera con sinceridad.

7 de marzo de 2025

El Señor está conmigo en la tribulación


Salmo 90


Estás conmigo, Señor, en la tribulación.

Tú que habitas al amparo del Altísimo, que vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti.»

No se te acercará la desgracia, ni la plaga llegará hasta tu tienda, porque a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra; caminarás sobre áspides y víboras, pisotearás leones y dragones.

«Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo defenderé, lo glorificaré.»


El Señor te protege. El Señor envía sus ángeles para que te guarden. Con estas hermosas palabras del salmo el diablo se acerca a Jesús para tentarlo a arrojarse desde lo alto del templo.

¡Cuántas veces se utilizan las sagradas escrituras, fuera de contexto y manipuladas, para expresar lo contrario de lo que pretendían! Este salmo es un himno de confianza en Dios. En cambio, el demonio utiliza sus versos para tentar a Jesús con el poder de saberse Hijo de Dios. No lo incita a confiar en Dios, sino en sus propias fuerzas. En realidad, su proposición es un desafío, un reto al mismo Dios que lo ha creado.

Este salmo tampoco ha de leerse como si fuera un mero consuelo. No adoptemos la actitud de aquellos fariseos a los que Jesús reprendió: «no por exclamar, Señor, Señor, tenéis la salvación asegurada», les dijo. Las palabras del salmo ahondan más: creer no es un seguro de vida. No invocamos a Dios para estar tranquilos y protegidos, como dice aquel refrán: nos acordamos de Santa Bárbara cundo truena. Es al revés, cuando nos arriesgamos a confiar en Él, solamente en Él y a todas, es cuando Dios nos protege y nos cuida, enviando a sus ángeles. El que vive «a la sombra del Altísimo» es la persona que ha decidido poner a Dios en el centro de su vida y de su corazón. Es la persona que confía en Él su vida, sus decisiones, su vocación, aquello que más quiere. Cuando nos abandonamos en Dios, Él responde siempre.

Y así es como caminaremos por la vida, con tantos problemas y preocupaciones como cualquiera, o quizás aún más, pero nada podrá dañarnos porque vivimos protegidos y amados. Pisaremos áspides y dragones, tal vez nos tocará abordar situaciones muy conflictivas, incluso engañosas. ¡El demonio está listo para tender trampas a los fieles al Señor! Pero si confiamos en Él y lo tenemos presente siempre, nos librará.

El Señor ha estado grande...