16 de octubre de 2026

Aclamad la gloria y el poder del Señor

Salmo 95


Aclamad la gloria y el poder del Señor.

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor, toda la tierra; contad a los pueblos su gloria, sus maravillas a todas las naciones.

Porque es grande el Señor, y muy digno en alabanza, más temible que todos los dioses, pues los dioses de los gentiles son apariencia, mientras que el Señor ha hecho el cielo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor, aclamad la gloria del nombre del Señor, entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado, tiemble en su presencia la tierra toda. Decid a los pueblos: «El Señor es rey, él gobierna a los pueblos rectamente.»


Las lecturas de este domingo nos llevan a una reflexión sobre la realeza, el poder y la grandeza humana y divina. En el evangelio, Jesús pronuncia esa frase rotunda, vigente en el paso del tiempo: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

En este salmo se ve reflejada una honda convicción de los antiguos israelitas: el único rey, el único digno de alabanza, de gloria y adoración, es Dios. Él está por encima de reyes y de otros dioses —que son sólo “apariencia”—. Él es el único señor ante quien el hombre debe hincar su rodilla.

Muchos autores advierten una veta subversiva en el judaísmo, que se trasladó al cristianismo. Ambas religiones cuestionan el poder humano y su alcance, relativizan la autoridad de los reyes y los dirigentes terrenales y se remiten a un último poder: el de Dios.

En realidad, esto nos lleva a una visión realista y profunda de la condición humana: el salmista ataca la deificación, la apoteosis, el auto engrandecimiento de aquellos gobernantes y líderes que se divinizan a sí mismos y creen que el ser humano no tiene límites. 

Sin desatender nuestros deberes civiles, el salmo y el evangelio de hoy nos exhortan a no olvidar que, por encima de todo, está Dios. Y él “gobierna a los pueblos rectamente”. Desde la visión cristiana, podríamos decir que cuando las sociedades se rigen por la ley de Dios, que es el amor, entonces se pueden dar unas condiciones de justicia y de paz que favorecen el desarrollo de la persona. No se trata de que las instituciones religiosas interfieran en el gobierno, sino de que éste tenga en cuenta sus límites, respete la libertad sagrada de cada cual y fomente aquellos valores que contribuyen a la dignidad y a la plenitud de toda persona, sin distinción.

9 de octubre de 2026

El Señor es mi pastor


Salmo 22


El Señor es mi pastor, nada me falta.

El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas, repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término.


Las palabras de este salmo nos resultan muy familiares. Es, quizás, el más recitado y cantado de todos. Lo solemos escuchar en funerales, pero también en ocasiones más alegres y festivas. Es una oración de confianza total en Dios.

El salmo toma imágenes del antiguo testamento propias de los reyes, y las asocia a Dios. Así, en Israel un rey era considerado pastor del pueblo, guía y protector. El rey era ungido. La vara y el cayado son a la vez símbolo de realeza y de defensa, de protección.

Nos fortalece saber que Dios está ahí, cercano, como presencia amorosa que vela por nosotros. Sin embargo, buena parte de nuestra sociedad moderna, descreída, ha visto en esta fe un consuelo para mentes simples, o una invención para sentirse amparado por una seguridad ficticia. Además, la idea de que alguien nos «pastoree» es rechazada. El hombre maduro debe ser libre y autónomo, nadie tiene por qué guiarlo a ningún sitio: él mismo es su propio guía y director.

Sólo quien se deja guiar y confía en Aquel que le ama sabe cuán ciertas son las palabras del salmo. También hay que tener valor para confiar. Y confiar en Dios supone confiar en las personas que pone en tu camino, aquellas que sin interés alguno solo desean tu bien.

A veces los caminos de Dios parecen arriesgados; no son rectas fáciles que atraviesan llanuras, sino veredas que ascienden montañas escarpadas. La vida, para quien quiere vivirla con autenticidad, no es siempre un mar plácido. Pero cuando se escucha y se cuenta con Dios, todo se puede superar. Con él, somos capaces de todo. «Todo lo puedo en Aquel en quien confío», decía San Pablo. Y no sólo nos hacemos fuertes, sino que Dios, que nos ama, nos guía hacia lo que verdaderamente nos hace crecer, desplegar nuestro potencial, hacia lo que nos hace felices. A veces hemos de reconocer que él sabe mejor a dónde llevarnos. ¡Tan sólo necesitamos fiarnos!

25 de septiembre de 2026

Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna

Salmo 24


Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: 
haz que camine con lealtad; 
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, 
y todo el día te estoy esperando. 

Recuerda, Señor, 
que tu ternura y tu misericordia son eternas; 
no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; 
acuérdate de mí con misericordia, 
por tu bondad, Señor. 

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; 
hace caminar a los humildes con rectitud, 
enseña su camino a los humildes.

En esta oración podemos distinguir tres partes. Son como los tres movimientos de una sinfonía, o las tres etapas de un diálogo confiado con Dios.

En la primera hay una petición: Señor, enséñame. Enséñame porque la vida es complicada y en el mundo hay tantos mensajes, tanta información, tantos caminos por donde perderse… Vivimos inmersos en la confusión y necesitamos luz para conocer qué camino nos conduce a una vida llena, con sentido. Una vida íntegra donde seamos auténticamente nosotros y nos podamos sentir unidos a los demás. A veces necesitamos ayuda, nadie es buen maestro de sí mismo. Para aprender hay que ser humilde y tener paciencia. «Todo el día te estoy esperando». Quien ama, espera. Y quien espera demuestra su perseverancia.

La segunda parte es una toma de consciencia de nuestro pecado. Reconocemos que nos hemos alejado de Dios. Vemos claramente nuestros fallos y errores. La palabra pecado, en hebreo antiguo, significa desviación, el fallo de una flecha que no alcanza su diana. ¿Cuándo nos apartamos de Dios? ¿En qué momentos lo olvidamos e intentamos hacerlo todo por nuestra cuenta, creyéndonos dioses de nosotros mismos? Cuando somos conscientes de esto, llega el arrepentimiento y el deseo de reconciliación. Necesitamos volver a los brazos del Padre, necesitamos su cercanía, su ternura, su perdón.

Y la tercera parte es de alegría: ¡claro que Dios nos perdona! Claro que se acerca a nosotros. Más aún: viene corriendo en nuestro auxilio, como el padre del hijo pródigo. Nos abraza, nos acoge, hace fiesta para nosotros. Perdona y olvida. Con él no hay deudas que saldar. Si regresamos a su lado, quedamos limpios de culpas y no hay cargas pendientes… Pero, para aceptar este amor y este perdón incondicional hace falta ser humilde. Si somos orgullosos y creemos que todo lo que recibimos es por mérito nuestro, ¿cómo vamos a aceptar un perdón incondicional? Si vivimos instalados en una ética del premio y del castigo, ¿cómo entenderemos la gracia de Dios, que se da sin medida? Dios no nos perdona por otra cosa que por su amor. Porque quiere. Se necesita un corazón muy sencillo, muy humilde, abierto como los de los niños, para aceptar esto.

Pero una vez se acepta, ¡qué alegría tan grande! La alegría que pone versos en el corazón y en los labios, que se convierte en danza y en cántico de alabanza. Qué bueno es Dios, que nunca nos deja por el camino y convierte en enseñanza todo cuanto nos sucede.  

18 de septiembre de 2026

El Señor está cerca...

Salmo 144

Cerca está el Señor de los que le invocan.

Día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás. Grande es el Señor, merece toda alabanza, es incalculable su grandeza.

El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones; cerca está el Señor de todos los que le invocan, de los que lo invocan sinceramente.


De nuevo los versos del salmo 144 nos recuerdan algo que muchas veces olvidamos. Y es que ese Dios en el que creemos, ese Dios grande, todopoderoso, inalcanzable en su misterio, es también un ser cercano.

Nuestro Dios no es una energía temible y grandiosa, una fuerza cósmica o una imagen ficticia para expresar lo inefable. Es eso y mucho más. Pero, al mismo tiempo, Dios es alguien. Alguien a quien podemos hablar. Incluso podemos discutir, quejarnos, pelearnos con él. Es alguien que, no lo dudemos, nos ama y está esperando, como un amante mendigo, nuestro amor.

Ese Dios inabarcable y a la vez próximo es nuestro Dios: el que nos reveló Jesús. Ya los antiguos hebreos intuían que la misericordia y la bondad eran más propias de él que la cólera y la arrogancia, atributos muy corrientes en los dioses de otras religiones.

El salmo repite e insiste en tres verbos, que marcan el diálogo del poeta con el Señor: invocar, bendecir, alabar. Llama a Dios, porque necesita de su apoyo. Y, cuando percibe su cercanía, lleno de paz, de alegría, prorrumpe en alabanzas y bendiciones.

Qué importante es cuidar las palabras que salen de nuestra boca. Los psicólogos y los estudiosos de la conducta humana nos dicen, y está demostrado, que lo que decimos modela nuestro pensamiento y, a la larga, también nuestra vida. ¿Cuántas palabras de alabanza, de bien-decir, salen de nuestros labios? ¿Qué clase de palabras dirigimos a Dios? ¿Perdemos demasiado tiempo en hablar mal, en criticar, o en maltratarnos a nosotros mismos y a los demás con nuestra lengua viperina? No nos extrañe, si es así, que nuestras vidas se arrastren entre la mediocridad, la frustración y el resentimiento. ¡Y estamos llamados a caminar, erguidos, con los pies en la tierra, pero con la vista puesta muy alto!

Aprendamos a usar palabras buenas: palabras de elogio, de benevolencia, de vida. Si nos cuesta, guardemos al menos silencio y aprendamos a escuchar. Una buena manera es comenzar dirigiéndonos a Dios con el corazón sincero. Quizás, abrumados por nuestros problemas, nuestra primera plegaria sea quejumbrosa y amarga. Pero a medida que experimentemos su cercanía y nuestros ojos vayan viendo con mayor claridad —con la claridad del alma— nos percataremos de su enorme ternura y amor, de su escucha, de su presencia. Y, poco a poco, las bendiciones llenarán nuestra boca. Ojalá aprendamos a vivir una vida marcada por esas palabras de bendición y a alabanza.  

11 de septiembre de 2026

El Señor es compasivo y misericordioso

Salmo 102


El Señor es compasivo y misericordioso.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura.

El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles.


El primer gran tema que salta a la vista en este salmo es el perdón. ¡Qué difícil nos resulta perdonar, y cuán olvidado lo tenemos!  Incluso hay personas que se precian de perdonar a quienes les han causado un mal, “pero jamás de olvidar”, como si mantener esa revancha viva en el corazón fuera motivo de orgullo o de reafirmación.

El salmo, en primer lugar, nos habla del perdón de Dios. Un perdón sin límites, capaz de lavar y sanar toda culpa, toda herida emocional; capaz de borrar y saldar toda deuda. No sólo eso, sino que Dios, cuando perdona, lo hace con alegría y delicadeza: “te colma de gracia y ternura”. Quien experimenta el perdón de Dios y su compasión, siente esa calidez inmensa del abrazo comprensivo, amante, generoso. Quienes tienen una idea represiva de Dios, bien podrían leer y meditar estos versos. Lejos de ser un opresor, Él nos libera con su perdón y nos desata del peso de las culpas, que muchas veces cargamos nosotros mismos a nuestras espaldas.

En segundo lugar, nos habla de la justicia de Dios, que tan alejada está de nuestra mentalidad retributiva. “No nos trata como merecen nuestros pecados”. En nuestra cultura está muy arraigado el concepto de mérito, de “merecer”. Nos parece que, si alguien actúa mal, se merece una desgracia. Nos alegra que alguien se tope con la horma de su zapato, que las desgracias caigan sobre él. Le está bien, solemos decir, sin caer en la cuenta de que, al hablar así, nos estamos erigiendo en jueces y condenadores, como si fuéramos dioses y pudiéramos disponer del destino de las personas.

Y tal vez nuestros idolillos, nuestras falsas imágenes de Dios, sean así: vemos en ellas a una divinidad justiciera, vengadora, implacable. Pero nuestro Dios, el Dios de Israel y el Dios de Jesús, no es así. Nos puede sorprender y hasta indignar su gran bondad. Nos puede parecer excesiva y derrochona. ¿Por qué Dios no castiga a los malos? ¿Por qué tiene que perdonar tanto, por qué es “demasiado” bueno? ¿No es eso injusto?

El salmo, tan cercano al espíritu de Jesús, nos recuerda que Dios es como un padre tierno. Aún más, podríamos decir que es como una madre llena de amor por sus hijos. ¿Cómo va a rechazar a uno solo? ¿Dejará una madre de querer a un hijo, por malo que éste sea? Sufrirá por él, intentará ayudarle, rezará… pero nunca dejará de amarlo.

Si una madre humana puede amar así, ¿debería extrañarnos que Dios rebase la medida pequeña, mezquina y limitada de nuestro amor?

¡Menos mal que Dios es así! Ojalá podamos experimentar su amor y esto nos mueva a imitarle. 

Aclamad la gloria y el poder del Señor