26 de marzo de 2015

¿Por qué me has abandonado?

Salmo 21

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre, si tanto lo quiere.»

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa, echan a suertes mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Fieles del Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel.


Clavado en la cruz, Jesús recitó las palabras de este salmo, palabras del hombre sufriente, acosado y golpeado por sus enemigos. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Es el clamor de muchas personas que sufren hoy; es quizás también nuestro clamor cuando las dificultades nos aprietan y no vemos una salida. Sentirse abandonado por Dios es la soledad más profunda, más hiriente y completa. Jesús, tan humano como nosotros, no fue ajeno a este dolor. Un dolor que va más allá de lo físico y lo emocional. Es el sufrimiento espiritual, el zarpazo del abismo, la amenaza del vacío.

Después de su entrada triunfal en Jerusalén, Jesús parece abatido y vencido. Su misión termina en una aparente derrota. Los versos del salmo reproducen cuanto le sucede: lo cercan, lo arrestan, le taladran pies y manos, se reparten su ropa. No solo lo atacan, sino que lo despojan de todo cuanto tiene y de su dignidad. La burla y el reparto de ropas expresan muy bien esa crueldad absurda que se mofa del vencido, que se ensaña sobre el hombre caído. 

Y, sin embargo, el salmo acaba con una alabanza a Dios. ¿Cómo es posible?

Jesús también venció esa última estocada del mal: la tentación de desesperarse, de dejar de creer. En la misma cruz, su súplica angustiada con las palabras del Salmo es al mismo tiempo señal de que sigue confiando en su Padre. ¿Cómo podría clamar a Él, si no creyera que le escucha? Ese grito al cielo es su última oración.

Cuando somos capaces de confiar en Dios hasta el extremo, hasta las circunstancias más difíciles y penosas, entenderemos estos versos dramáticos y las palabras de Jesús, muriendo en cruz. Entenderemos que hemos de pasar por una muerte para resucitar. Esa muerte se traducirá en cambios profundos en nuestra vida, incluso cambios en nuestra forma de ser y de pensar. Mantener la fe a toda prueba nos templa como el fuego. Y nos hace personas nuevas, más libres, más vivas. Resucitadas.

Estos días de Semana Santa nos invitan a descubrir el sentido oculto del dolor y a buscar la curación de toda herida humana, corporal y espiritual. Encontraremos la respuesta en el amor y en la entrega sin límites, un amor como sólo Dios puede darnos. El amor que nos mostró Jesús.  

13 de marzo de 2015

Cantadnos un cantar de Sión



Salmo 136

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión; en los sauces de sus orillas colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron nos invitaban a cantar, nuestros opresores, a divertirlos: «Cantadnos un cantar de Sión.»

¡Cómo cantar un cántico del Señor en tierra extranjera! Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.

Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías.


Este  salmo fue escrito en los tiempos en que los israelitas, destruido su reino, su ciudad y su templo, vivían exiliados en Babilonia.

Sentados junto a los ríos de la opulenta ciudad extranjera, añoran y cantan la ciudad amada, sobre el monte Sión, y recuerdan los tiempos en que vivían allí y cantaban al Señor.

No deja de ser una ironía cruel que los señores babilonios, al oírlos, les pidan que canten: lo que para los israelitas es un lamento, para los opresores es una distracción, una música bonita para pasar el rato.

El salmista expresa la rabia y la tristeza del pueblo cautivo. ¿Cómo cantar una alabanza al Señor, lejos de su tierra, bajo la esclavitud? ¿No es absurdo? Pero otra reacción viene de inmediato: no, el pueblo no puede olvidar al Señor, no puede olvidar a su Dios. Pese a todo lo ocurrido, y pese a que, para muchos, quizás Dios los ha abandonado a su suerte, Él sigue ahí. Él sigue dando sentido a la vida que queda cuando se ha perdido todo lo demás.

Las imágenes son muy expresivas: que se me paralice la mano, que se me pegue la lengua al paladar, si me olvido de ti, Señor; si no abro la boca para cantar, si no enciendo esa esperanza en mi corazón, recordando que tú sigues ahí.

Durante los duros años del exilio babilónico, hubo grupos que lucharon por mantener viva la identidad de Israel y su fe. Lo consiguieron reavivando la devoción y renovando la esperanza en la justicia y en la bondad de Dios. Llegaron a ver la historia, con todas sus catástrofes, como parte de un designio mayor donde, finalmente, brilla la misericordia divina.

En tiempos de dificultades personales, podemos leer este salmo como una invitación a no desesperar, a seguir confiando. “Quien canta su mal espanta”, dice el refrán. Pero quien canta a Dios todavía consigue más: eleva al Señor una plegaria viva, vehemente, apasionada y sincera. Y, no nos quepa duda, Él escucha.   

27 de febrero de 2015

Caminaré en presencia del Señor

Caminaré en presencia del Señor, en el país de la vida.

Tenía fe, aun cuando dije: «Qué desgraciado soy.»
Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.

Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo,
hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas.
—Te ofreceré un sacrificio de alabanza
invocando tu nombre, Señor.

Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo;
en el atrio de la casa del Señor, en medio de ti, Jerusalén.

La primera frase de este salmo impacta: Tenía fe, aún cuando dije, «Qué desgraciado soy.» Qué fácil es tener fe cuando las cosas van bien y, en cambio, qué escasos andamos de esta virtud cuando las cosas se tuercen y nos sentimos desgraciados. Mantener la fe en circunstancias adversas es una muestra de heroísmo espiritual, de fortaleza, de coraje. En realidad, es la prueba de la verdadera fe, que se sostiene, no en certezas, sino en un querer y en un confiar.

La siguiente frase aún impresiona más: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Casi podemos imaginar a Dios llorando y doliéndose cuando muere una persona buena, alguien que le fue fiel. El salmo nos muestra ese rostro del Dios compasivo, que ama a sus criaturas como una madre y le duele la muerte o el sufrimiento de cada una de ellas.

Podemos meditar y pensar cuál no debió ser el sufrimiento de Dios Padre ante la muerte de Jesús, su Hijo. Este hijo amado, predilecto, es el fiel por excelencia y muere a manos de los hombres. ¿Puede Dios sufrir? La respuesta está en la cruz, la de Cristo y la de todos los que cargan día a día sus dolorosas cruces ―enfermedad, pobreza, soledad, persecuciones… Sí, a Dios le duele no solo la muerte, sino el menor sufrimiento de sus hijos. Más aún cuando este sufrimiento es debido a su fidelidad.  

¿Cómo no confiar en un Dios así? A un Dios tonante, juez y terrible, podemos temerlo, aunque creamos en él, pero en ese miedo siempre habrá un resquicio de desconfianza y de sumisión. En cambio, el salmo continúa hablándonos de dos conceptos aparentemente opuestos: la servitud y la liberación. El poeta se confiesa siervo del Señor, alguien obediente a él, cumplidor de sus votos. Al mismo tiempo, declara que Dios ha roto sus cadenas. ¿No será que en la obediencia a Dios reside nuestra libertad?

¿Cómo entenderlo? Esta aparente paradoja puede comprenderse si profundizamos en qué significa obedecer a Dios, qué implica, y qué son esas cadenas.

Obedecer a Dios significa seguir su ley, una ley que, desde los orígenes de la cultura hebrea, nos muestra su bondad, su benevolencia, su atención a los más débiles, su magnanimidad. Jesús dirá que toda la ley se resume en amar, a Dios y a los demás. ¿Puede ser opresora una ley así, cuando los seres humanos estamos hechos para el amor?

Por otro lado, la noción de esclavitud, en la cultura hebrea, va a menudo vinculada a la de maldad y pecado. Jesús, cuando curaba, perdonaba los pecados. El concepto de pecado, además de ser una ofensa a Dios, es un daño que esclaviza a la persona, que le impide desarrollarse plenamente y ser libre, entera, feliz. Quien ama se realiza y se libera. Por tanto, quien cumple esta ley divina del amor, rompe sus cadenas y puede cantar la oración más bella. Y este es el sacrificio más agradable a Dios: la alabanza de un corazón gozoso que ha sintonizado con su amor.

30 de enero de 2015

No endurezcáis el corazón

Salmo 94

Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis el corazón.

Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándole con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis su voz: “No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras”.


Qué fácil es creer en Dios cuando las cosas van bien, cuando la vida nos sonríe y todo parece marchar sobre ruedas. En cambio, cuando nos abruman los problemas y nos sentimos acosados por todas partes, la fe flaquea y es entonces cuando clamamos: ¿Dónde está Dios?

Este clamor es lo que el salmo llama poner a prueba a Dios. Parece que bajo el nubarrón de las dificultades olvidamos rápidamente que por encima luce siempre el sol; que una tempestad no puede borrar cientos de días de luz; que un bache no es todo el camino. Muchos dicen que Dios nos somete a prueba, como si fuera un amo autoritario que quiere castigar o jugar con la capacidad de resistencia de sus criaturas. ¡Qué lejos del Dios de Jesús, del Dios misericordioso que el Evangelio nos va desvelando!

La dureza del corazón va a menudo acompañada de la estrechez de mente. Si pusiéramos en una balanza lo que Dios nos da a un lado y las dificultades que sufrimos al otro, nos daríamos cuenta de que el fiel siempre se inclina del lado de Dios. Solamente la vida, el don de existir, pesa muchísimo más que todo el resto. Poder respirar, hablar, moverse; poder amar a alguien, poder recibir afecto, estos dones son tan inmensos que no deberíamos dejar que los golpes de la vida nos hicieran olvidarlos o incluso despreciarlos. Lo mejor que tenemos lo hemos recibido gratis, sin merecerlo. Quizás por eso, porque estamos tan acostumbrados, ya no sabemos valorarlo. Hemos dejado de asombrarnos ante el milagro de estar vivos y despertarnos cada mañana. El universo creado ha dejado de maravillarnos. La otra persona, la que tengo ahí, cerca, ha dejado de conmoverme. Aquí está la dureza de corazón, que se enquista y se pertrecha en la rutina y el hastío.


Por eso el salmista clama: ¡No endurezcáis vuestro corazón! El corazón tierno es siempre joven, vibra y se admira. Sabe leer en los acontecimientos de la historia y sabe descubrir, detrás de cada día, la mano amorosa del Dios que nos sostiene y nos salva. El corazón vivo palpita y se desborda en alabanzas.

22 de enero de 2015

Señor, enséñame tus caminos

Salmo 24

Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando.

Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.


El camino como símbolo de la vida es una imagen muy frecuente en la literatura y en el lenguaje espiritual. Este camino tiene un inicio, nuestro nacimiento, y en él vamos con un equipaje que es nuestra herencia: genética, familiar, histórica, la educación que hemos recibido… Pero, aunque el inicio y el bagaje son algo que no elegimos, en el momento en que alcanzamos nuestro uso de razón somos muy libres para decidir hacia dónde debemos ir.

¿Hacia dónde voy? Es una pregunta que toda persona se hace en algún momento de su vida. Decidir nuestro destino se convierte en una cuestión crucial. Para muchos, esa meta, decidir hacia dónde dirigir sus pasos, es un dilema, un motivo de angustia, de interrogantes y dudas.

Encontrar nuestro propósito vital, saber para qué estamos en este mundo, se convierte para muchos en un largo trayecto, a veces lleno de giros, desvíos e incluso retrocesos. El camino puede dar muchas vueltas, pero lo importante es tener la meta clara.

Muchas personas tienen su vocación definida. Algunas saben muy bien lo que quieren desde jóvenes. A otras les cuesta más y otras se pasan la vida buscando y probando. En Occidente se estila mucho la noción del hombre hecho a sí mismo, que se va modelando como quiere y puede sacar todas las fuerzas de su interior.

Pero, ¿de dónde procede esta fuerza, ese potencial inmenso que tenemos adentro? ¿De dónde surgen nuestros talentos? Todo cuanto tenemos es un don que hemos recibido. Tener la humildad de reconocerlo, de admitir que no nos hemos dado la vida ni lo más valioso que tenemos, nos dará luz. Si sabemos hacer silencio y ahondar en nuestro yo profundo encontraremos la fuente de nuestro ser y de nuestro potencial. Y la misma fuente nos indicará el camino.

Dios es el gran maestro interior que nos muestra cómo es nuestra naturaleza profunda. Dios nos señala nuestra misión en la vida. Y esta misión no será un capricho suyo, sino aquello que, en el fondo, deseamos de corazón. ¿Quién nos conoce mejor que Aquel que nos ha creado?


Escuchar la llamada de Dios nos hará crecer a cada cual según como somos. Por eso el salmista suplica: ¡muéstrame tus caminos! Porque tus caminos son mis caminos, y mi plenitud es tu gloria, Señor. Pero para vislumbrar esta senda, como subraya el salmista, es necesaria mucha humildad. Solo el humilde abre sus oídos y su alma. Solo el humilde se deja enseñar y guiar. Solo el humilde confía. Y la confianza no lo defraudará. Dios es leal, ¡no falla!

Cuánto amo tu voluntad, Señor