27 de diciembre de 2024

Un salmo para la familia


Salmo 127


Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.

En la fiesta de la Sagrada Familia, este salmo nos presenta una bella imagen: la esposa como parra fecunda, los hijos como brotes de olivo, alrededor de tu mesa. ¡Cuántas mujeres, cuántos padres y madres de familia sueñan con una escena así! Las fiestas de Navidad son ocasiones en que muchos pueden ver cumplido su sueño: toda la familia reunida en torno a la mesa, con buen ánimo y disposición alegre para compartir un tiempo juntos.

Una familia unida, con relaciones sanas y armoniosas, es una bendición que todo ser humano desea. Era la aspiración de los antiguos judíos y sigue siendo, hoy, la aspiración de la mayoría de personas. Pese a que los tiempos cambian, la tendencia humana permanece: hay un deseo innato de conexión, de intimidad y de unión entrañable con los demás. La familia sigue siendo el espacio donde mejor se pueden vivir estos vínculos. Sigue siendo el refugio, la mesa dispuesta donde siempre hay un plato, el hogar donde encontrar calidez y apoyo en los tiempos difíciles.

Pero también es verdad que muchas veces las familias no son ese lugar seguro, cálido y favorable donde las personas pueden crecer. Son muchos los traumas, los errores y los egoísmos personales que se interponen entre sus miembros. A veces no se saben gestionar bien y se producen conflictos o rupturas muy dolorosos. Otras veces, simplemente unos se soportan a los otros, aguantando el cansancio o la rutina, y el amor languidece poco a poco. 

¿Cómo conseguir la armonía en el hogar? ¿Cómo sanar las relaciones? El salmo propone una vía, explicada con palabras simples pero con un significado muy profundo: Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos... Esta es la bendición del hombre que teme al Señor. Podemos quedarnos pensando: ¿basta temer a Dios y obedecer su ley para gozar de salud, prosperidad y amor en la familia? ¿Es esta la solución?

Ahondemos en qué significa temer al Señor y seguir sus caminos. El temor de Dios no es miedo a una autoridad terrible que nos juzga. Seguir sus caminos no es obediencia ciega y sumisa. ¿Cómo se define Dios? Como derroche de amor, misericordia y perdón infinito. ¿Su ley? San Pablo la resumió en una sola palabra, de nuevo “Amor”. Por tanto, el secreto para vivir una vida familiar buena, sana, pacífica, no es otro que este: amar. Ama y haz lo que quieras. Pero has de saber que amar no es sentimentalismo fácil ni enamoramiento fugaz, sino entrega constante, incondicional, para siempre. Amar es darte a ti mismo, amar es saber recibir el amor de los demás. No se te pedirá que hagas nada inalcanzable, ni que sufras inútilmente. Y a donde tú no llegues, cuenta con Dios. Él llenará los huecos, salvará los abismos y cubrirá las grietas con su mejor bálsamo: el fuego dulce del Espíritu Santo, puro amor. Conecta con Dios, no pierdas nunca su presencia esto es temor de Dios y él te dará la fuerza y las ganas para amar y convertir tu familia en un espacio sagrado, donde arde su fuego sin cesar.

20 de diciembre de 2024

Que brille tu rostro y nos salve


Salmo 79


Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
Pastor de Israel, escucha, tú que te sientas sobre querubines, resplandece. Despierta tu poder y ven a salvarnos.
Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña, la cepa que tu diestra plantó, y que tú hiciste vigorosa.
Que tu mano proteja a tu escogido, al hombre que tú fortaleciste. No nos alejaremos de ti: danos vida, para que invoquemos tu nombre.


En consonancia con las lecturas de hoy, pre-navideñas, el salmo que leemos nos habla de Dios como Señor de la vidaSu poder resplandece: la Creación entera, el universo, el mundo, habla de su grandeza. Los ángeles le sirven.

De su contexto cultural y literario, los salmistas a menudo tomaron imágenes cósmicas para describir a Dios —Dios de los ejércitos celestiales, que son los astros— o bien de la vida agrícola que conocían —el señor que planta una viña y la cultiva con amor. Con estos símiles están expresando, por un lado, que Dios no es ajeno a la vida y a la naturaleza: son creación suya y él las sostiene y alienta. Por otro, también nos señala que Creador y obra no son una misma cosa. Dios es el Señor de la naturaleza, pero también el Señor de la historia. Por eso cuida de lo que ha creado y ninguna realidad del universo le es indiferente. Su mano creadora también es restauradora y protectora.

Pero la fe hebrea ya atisba esa centralidad humana que recoge el cristianismo. El hombre es su escogido, el que fortaleció. El hombre es la criatura semejante a su Creador, la que puede hablar con él, imitarle con su impulso re-creador, ayudarle a completar su obra. Es la criatura que, por encima de todo, puede amarle y también sentirse amada por Él.

«No nos alejaremos de ti: danos vida», rezan los versos del salmo. Así es. Más allá de la vida biológica, Dios nos ha dado esa otra vida plena, de la que somos conscientes y que todos en el fondo anhelamos. Esa vida que nos rescata del sinsentido y del miedo, que da un significado a nuestra existencia, la podemos encontrar cuando nos acercamos libre y voluntariamente a Dios. Más aún, cuando le abrazamos y nos aferramos a Él. Acogerle es nuestra Navidad. Invocarle es ya una manera de invitarle y hacerle presente en nosotros.

13 de diciembre de 2024

Gritad jubilosos

Himno de Isaías 12, 2-6


Gritad jubilosos: «Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel».
El Señor es mi Dios y salvador: confiaré y no temeré, 
porque mi fuerza y mi poder es el Señor, 
él fue mi salvación. Y
 sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación.
Dad gracias al Señor, invocad su nombre, 
contad a los pueblos sus hazañas, proclamad que su nombre es excelso.
Tañed para el Señor, que hizo proezas, 
anunciadlas a toda la tierra; gritad jubilosos, habitantes de Sion: 
«Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel».

Esta semana leemos un himno del libro del profeta Isaías. Este profeta escribió en tiempos difíciles para el pueblo de Israel, ante la presión de la invasión asiria que amenazaba con engullir el reino. Es en estos tiempos difíciles cuando la voz de los profetas resuena con rotundidad: por una parte, describe con lucidez la situación e interpreta los hechos a la luz de Dios, dándoles un sentido; por otra parte, Isaías, como hicieron otros profetas, quiere transmitir un mensaje de esperanza al pueblo atemorizado.

La esperanza, en Isaías, se cifra en el futuro. Pese a las guerras y las invasiones, Dios sigue siendo el Señor de la historia y protegerá a los suyos. Hará justicia y su pueblo podrá alegrarse. El salmo canta ya en presente la alegría del pueblo liberado. Desde una mentalidad racionalista podríamos tachar estos versos de ilusos, o bien de una maniobra mental para zafarse de las penurias del presente, un mero consuelo. En cambio, un terapeuta neurolingüístico nos diría que hablar del bien que deseamos en presente es dar un paso hacia esta realidad, es anticipar lo que deseamos y comenzar a construir ese futuro mejor.

Pero desde una óptica cristiana, el futuro hermoso que el profeta canta ya se ha hecho realidad. Podemos preguntarnos: ¿cómo es posible, si el mundo sigue sacudido por guerras, crisis y calamidades? Miramos alrededor y la angustia nos invade. ¿Dónde está la salvación de Dios? ¿Dónde está el gozo, dónde la alegría?

Si no sabemos verla es porque nos falta limpieza y profundidad en la mirada. Nos falta oración, nos falta vida interior. Desde el momento en que Dios vino a la tierra, hecho niño, hecho de la misma pasta humana que todos nosotros, esa fuente de salvación ya ha brotado y sigue fluyendo para saciar nuestra sed de vida plena, para alimentarnos y darnos fuerzas. Por eso la Navidad que llega es motivo de fiesta. 

Pero es también motivo de fiesta saber que cada día, si queremos, podemos acudir a esa «eterna fonte escondida», como diría san Juan de la Cruz, escondida en el sagrario, en nuestras capillas e iglesias, y saciarnos de ella. Jesús vino para quedarse con nosotros, ¡y lo tenemos tan cerca! No solo en nuestro corazón, no solo en nuestro cuerpo cuando comulgamos, sino también en el prójimo cercano, en aquellos que nos rodean, y muy especialmente quizás en los que menos pensamos: en los pobres. Dios está presente y su cercanía sostiene al mundo, en sus dolores de parto y en sus calladas alegrías. Mientras estemos vivos, siempre tendremos un motivo para estar agradecidos y alegrarnos.

6 de diciembre de 2024

Cantad al Señor un cántico nuevo



Salmo 97


Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.
El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.

Los versos de este salmo desprenden un halo épico: se aclama a Dios como a un guerrero victorioso, un rey que ha triunfado. Pero… ¿en qué consiste su victoria? ¿Cuáles han sido sus hazañas?

Vemos que Dios triunfa, no porque haya vencido una guerra, sino porque “ha hecho maravillas”. Su victoria no es haber derrotado a un enemigo, sino “revelar a las naciones su justicia”. Y esta justicia no es castigo ni poder, sino “misericordia y fidelidad”.

La misericordia y la fidelidad, que comienzan centrándose en «la casa de Israel», en el pueblo elegido, terminan extendiéndose a todo el mundo. La tierra entera contemplará la justicia de Dios: no habrá pueblo que no reciba la bendición de su misericordia. En otras palabras, toda persona, hija de Israel o no, será receptora del amor de Dios.

Por eso el anuncio es alegre y se extiende: «Aclama al Señor, tierra entera». Y la alegría es plena y desbordante. No se trata de mera conformidad, aquí hay pasión, hay verdadero gozo: «gritad, vitoread, tocad». El amor de Dios no es cosa baladí, su justicia no es algo que nos deje indiferente. ¿Se queda fría la amada tras un abrazo fogoso del amante? No, rebosa felicidad, se estremece de alegría, su corazón canta.

Ojalá toda persona pudiera experimentar en sí misma el amor de Dios. Este tiempo de Adviento nos invita. El Señor está cerca, ¡acerquémonos a él! Dejémonos encontrar, como dice el Papa en su exhortación Evangelii Gaudium. Recobremos el júbilo del encuentro, el fuego del primer enamoramiento. Sí, enamorémonos de Dios. Él está loco de amor por nosotros… ¿tan duro tenemos el corazón, que no sabremos corresponderle?

Dejémonos atrapar por su amor. Busquemos un tiempo de silencio en soledad, cada día, para ponernos bajo su mirada y dejarnos bañar por su ternura fiel, constante, imperecedera. Colmarnos de ella será lo único que nos dé auténtica alegría, y paz.

29 de noviembre de 2024

A ti levanto mi alma

Salmo 24


A ti, Señor, levanto mi alma.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
El Señor es bueno y es recto, y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes.
Las sendas del Señor son misericordia y lealtad para los que guardan su alianza y sus mandatos. El Señor se confía con sus fieles y les da a conocer su alianza.


La analogía de la vida humana con un camino es muy propia de nuestra cultura occidental y, en concreto, de la fe cristiana. La vida es un trayecto que a veces resulta placentero y otras se convierte en un sendero escarpado y lleno de dificultades. En todo camino hay un inicio y una meta, un fin. Sabemos que echamos a andar cuando somos engendrados y, para los creyentes, la meta es regresar a los brazos de nuestro Creador. Pero, durante el recorrido, que puede ser muy largo y azaroso, necesitamos referencias y orientación.

Dios se convierte en guía, siguiendo la tradición de la fe hebrea, que ve a Dios como pastor de su pueblo. No es un dios lejano e indiferente, a quien nada le importen sus criaturas. No nos abandona, perdidos en el vasto mundo. Pero, por otra parte, también es cierto que no todos querrán seguir sus indicaciones.

¿Quiénes escuchan su voz? Los pecadores y los humildes, dice el salmo. Los que se despojan del orgullo y reconocen que Dios es más que ellos, que Dios puede más. Los que no se endiosan ni rechazan a su Creador. Hasta los que cometen errores y ofensas, si abren el corazón, podrán ser iluminados.

“Las sendas del Señor son misericordia y lealtad”. Reflexionemos sobre estas palabras. Misericordia es afecto entrañable, corazón tierno que se derrite de amor. Lealtad es otra gran virtud de Dios: siempre fiel, siempre está cerca, siempre atento. En este Año Santo de la Misericordia es bueno ahondar en lo que significa que Dios sea tan cariñoso, velando como una madre sobre sus pequeños. Sus “mandatos” no son otra cosa que orientaciones que nos guían en el camino de la vida. No son órdenes arbitrarias, sino avisos y enseñanzas.

Los antiguos judíos recordaban a menudo esta lealtad de Dios. En el salmo se repite la palabra “alianza”. Es una alianza a dos partes: Dios y el ser humano. Por la parte de Dios, el amor y la ayuda jamás fallan: Él siempre da. Por nuestra parte, la humana, no nos exige grandes hazañas. Tan sólo nos pedirá un alma abierta, dispuesta a recibirle y acogerle. Esta es la auténtica humildad, que no tiene nada que ver con el encogimiento y la humillación, sino con la alegría del que se sabe infinitamente amado.

En este tiempo de Adviento, el salmo 24 nos da palabras de esperanza. Quizás atravesamos un tramo borrascoso de nuestro camino, pero en medio de los problemas, Dios está ahí: si levantamos el alma hacia él, saldremos adelante.


22 de noviembre de 2024

El Señor reina



Salmo 92


El Señor reina, vestido de majestad.

El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder.
Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno.

Más potente que la voz de muchas aguas, más potente que el mar en su oleaje, más potente es el Señor en las alturas.

Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término.


Este salmo es muy acorde a la festividad que celebramos este domingo, Cristo Rey del Universo.

En él, se nos presenta a Dios como señor poderoso, rey de toda la creación, revestido de poder. El lenguaje y el tono son épicos, así como esas imágenes potentes —las aguas que rugen, las alturas del cielo―. La fuerza de Dios es sobrecogedora.

¿Qué mensaje leemos aquí? Que Dios late detrás de todo el universo. Que todo cuanto existe es obra suya. Si la obra es maravillosa y admirable ¡cuánto más lo será el artista que la creó! Estos versos traducen una experiencia religiosa de asombro y veneración, muy alejada del animismo o del panteísmo, que ven divinidad en todas las cosas. La fe hebrea y la fe cristiana ven la huella de Dios en todo lo creado, pero no confunden obra con creador. La divinidad, lo sagrado, está en Él, más que en el mundo físico y visible. Dios es inmutable y eterno, y su poder es esta capacidad para crear y sostener la existencia de las cosas y los seres.

Esta actitud de admiración y reconocimiento de Dios se da en la contemplación. Y de ella surge una forma de actuar y de estar en el mundo: una ética, una moral. Por eso los últimos versos del salmo ya no nos hablan de las bellezas del mundo, sino de los «mandatos» del Señor. Unos mandatos que son «fieles y seguros», que son santos. ¿Qué significan estas palabras?

La acepción hebrea de mandato no es tanto una orden como una necesidad, una urgencia. Existe una ley de Dios, que nunca falla y que otorga a quienes la siguen santidad: es decir, alegría imperecedera, paz interior, libertad y nitidez de corazón. Esa ley no sigue las inercias de nuestro mundo, movido por el afán de poder y el egoísmo. Es la ley que Jesús mostró muy claramente con su vida: el poder de Jesús es el servicio, la donación, la entrega a los demás. El gran poder de Dios es su capacidad de amar sin límites. La ley, dice San Pablo, es el amor. En él yace la realeza del Señor.

15 de noviembre de 2024

Protégeme, Dios mío


Salmo 15


Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa; mi suerte está en tu mano. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.
Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa serena. Porque no me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.


Las lecturas del Antiguo Testamento y del evangelio esta semana nos hablan de grandes tribulaciones que afligen al mundo, pero también de esperanza. En tiempos de crisis y dificultades como los que vivimos, vale la pena leer con calma y profundizar en estos textos, no para caer en el alarmismo ni en el miedo, no para desanimarnos, sino para dilucidar qué nos dicen estas líneas.

Las escrituras siempre nos traen una última palabra de aliento y esperanza. El salmo 15 es una exclamación de gozo y una llamada a la paz. Con Dios a nuestro lado, nunca vacilaremos. Y él es, no aquel Dios lejano e inalcanzable, sino nuestro «lote, nuestra heredad»: lo hemos recibido como regalo, él mismo se nos da. No tenemos que esforzarnos por buscarlo, sino simplemente recibirlo y dejar que nos abrace y nos proteja en el calor de su regazo.

Dios sacia, Dios colma, Dios llena nuestra alma siempre hambrienta de infinito. Y cuando experimentamos ese amor entrañable sobreviene la paz. La paz interior, que tanto buscamos, no vendrá por muchas prácticas ascéticas ni seudo-místicas. La paz auténtica no la construimos, sino que también nos es dada. Nos la da la certeza de ser amados. Por eso «se alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa serena». El salmo emplea expresiones muy carnales, muy vívidas, para reflejar esa paz que afecta no sólo a nuestra mente o a nuestros sentimientos, sino también a nuestro cuerpo, a nuestra salud.

Recordar la cercanía de Dios nos da coraje y valor para afrontar cualquier dificultad: «no vacilaré». Los cristianos lo tenemos todo para superar el miedo. Nuestra fe nos ayuda a vencer los temores más grandes, incluido el temor a la muerte. Porque Dios nos ama tanto que también nos da la inmortalidad anhelada: «no me entregarás a la muerte». No, no pereceremos definitivamente: hay en nosotros un espíritu que prevalecerá, porque está hecho de la misma sustancia que el Creador. Esta convicción también alimenta nuestra esperanza. Y quien espera, se pone manos a la obra para construir, día a día, paso a paso, un mundo mejor.

8 de noviembre de 2024

Alaba, alma mía, al Señor

Salmo 145


Alaba, alma mía, al Señor

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el  Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Este cántico agradecido nos muestra por un lado cómo es Dios y, por otro, cómo podemos llegar a ser los humanos.

Para muchos descreídos, no es más que una oración de consuelo para quienes sufren. El canto de un pueblo tantas veces sometido resuena como eco en las vidas maltratadas por la desgracia, el hambre, la pérdida o los daños provocados por otros. 

El ateísmo ve en la religión un opio, una droga dulce que amansa a los oprimidos y los hace resignarse en su desgracia, con la esperanza vana de un Dios que vendrá a rescatarlos y a solucionar sus problemas. Nada más lejos de la auténtica intención del salmista. Creer en Dios no adormece, ¡despierta! Abre los ojos, endereza las espaldas dobladas, levanta los ánimos y enciende la llama de la fraternidad. 

Muchos salmos son fruto de experiencias de profunda liberación interior. Brotan de la consciencia de que Dios, verdaderamente, salva. ¿De qué? En el fondo, todas las esclavitudes, más allá del mal físico, son consecuencias del mal. El hambre y la injusticia son consecuencias del egoísmo humano a gran escala. La ceguera de la obstinación, la cojera del miedo, la cautividad de la egolatría, la senda tortuosa del que maquina contra los demás… Todo esto son torceduras y heridas en la bella creación de Dios y en su criatura predilecta: el ser humano. Y Dios, que no nos ha dejado abandonados al azar, siempre vuelve a salvarnos del mal.

Dios es el que realmente nos salva de nuestras miserias interiores. Sacia nuestra hambre de infinito, de justicia, de verdad. Y, saciándonos, nos hace valientes para correr a saciar esas otras hambres que afligen a otros. Dios nos llena y nos  abre, haciéndonos generosos y sensibles al sufrimiento. Nos da un corazón de carne, como el suyo. Y puede actuar en el mundo: nosotros somos sus manos.

1 de noviembre de 2024

Tú eres mi fortaleza


Salmo 17


Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza.
Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi liberador.
Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.
Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.

Cuántas veces se ha acusado al cristianismo de ser una religión de débiles, un consuelo barato, un remedio para someter a los espíritus inseguros, cargándoles de miedo y de culpa. Ciertamente, para los creyentes, la fe en Dios es un consuelo, una fuente de fortaleza y de energía que nos anima en las horas más bajas.

Pero los versos de este salmo no reflejan miedo ni estrechez de corazón. Al contrario, exultan de alegría porque quien canta se siente fuerte, seguro, protegido y bendecido. Sobre todo, se siente amado.

El cantor del salmo reconoce la pequeñez humana. Quien pronuncia estos versos hace suya aquella frase de San Pablo: «Todo lo puedo en Aquel que me conforta». Con Dios, el más débil y quebradizo se hace fuerte. Dios es una auténtica fortaleza, un baluarte, una roca que no falla.

A lo largo de la historia, y con el vertiginoso progreso técnico y científico que ha experimentado Occidente, los humanos nos hemos creído poderosos e invencibles. Liberarse de Dios era un paso más en la emancipación y madurez de la especie humana. Podría parecer que ya no necesitamos una fortaleza ni un escudo protector. Nos bastamos a nosotros mismos.

Los avatares de la historia y el existencialismo nos han mostrado, sin embargo, que la vida desarraigada de Dios se convierte en un absurdo abismal. Sin el apoyo de esa Roca somos hojas secas llevadas por el viento. El vacío y el azar nunca podrán saciar nuestra hambre de plenitud.

Volver a Dios, buscar su refugio, no es crearse un consuelo artificial. Sentirse amparado en Dios es la experiencia del que abre su corazón, su mente y su espíritu, y regresa al verdadero hogar del hombre, el corazón del Padre, que es puro Amor. Quien recupera esas raíces profundas del ser, anclado en Dios, experimenta la protección, la bendición, y se ve imbuido de una fuerza que, paradójicamente, supera en mucho sus limitadas capacidades humanas.

Las palabras de este salmo son una bella oración para pronunciar cada día, o siempre que nos sintamos acosados por el miedo o las dificultades. ¡No desfallezcamos! Tenemos un Defensor al que nada, ni nadie, puede abatir.

25 de octubre de 2024

El Señor ha sido grande con nosotros



Salmo 125

El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares.
Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos.» El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.
Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.

Hoy nos encontramos con un salmo exultante, gozoso, agradecido. Es el cántico del pueblo —de la persona— que se siente amado por Dios y ve cómo Él ha intervenido en su vida.

Las imágenes del salmo son hermosas. Los torrentes del Negueb, como todo arroyo que corre por el desierto, pueden pasar meses de sequía, con sus cauces arenosos y estériles. Y, cuando llegan las lluvias, en cambio, bajan caudalosos. Dios es la lluvia que transforma nuestras vidas.

Otra imagen del salmo nos recuerda aquel evangelio del sembrador. Dice el salmista: «al ir, iba llorando, llevando la semilla». Sembrar es trabajo duro e incierto. ¿Crecerá una buena cosecha? Esto mismo podemos preguntarnos nosotros, los cristianos de hoy, cuando nos afanamos en nuestras tareas pastorales, colaborando en parroquias o movimientos. ¿Dará fruto todo nuestro esfuerzo? Tal vez el panorama que vemos nos desanime y nos haga llorar. Pero pongamos todo nuestro afán, nuestro trabajo, nuestros anhelos, en manos de Dios. El labrador hace su trabajo, pero el cielo también cumple su parte. Es Dios quien, finalmente, hará florecer nuestros esfuerzos. Y entonces, llegará el día en que alguien, quizás no la misma persona que sembró, recogerá las espigas con alborozo.

La persona que reconoce todo cuanto hace Dios en su vida se ve colmada de gratitud. Y del agradecimiento brota la alegría. Podríamos decir que una persona alegre es una persona agradecida. Se sabe pequeña y limitada, y sabe reconocer las cosas grandes que Dios ha hecho por ella. Por eso, se siente pobre y rica a la vez. Pobre en sus propias fuerzas; rica en dones recibidos. Esta humildad, lejos de encogerla y de oprimirla, ensancha el corazón, ilumina el rostro y abre la boca para entonar una alabanza.

18 de octubre de 2024

Que tu misericordia venga sobre nosotros...


Salmo 32


Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.
Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

Este domingo nos encontramos con otro salmo de súplica esperanzada. Al tiempo que rogamos a Dios que tenga misericordia, cantamos las bondades que disfrutan aquellos que confían en el Señor: sus vidas serán libradas de la muerte, serán reanimados en tiempos de hambre; Dios será su auxilio y su escudo.

Podemos leer literalmente el salmo y reconocer que, realmente, Dios cuida de nosotros, nos protege y no deja que nunca nos falte lo más necesario. Pero además de defendernos de todo mal, como rezamos en el Padrenuestro, Dios nos da algo más.

Nos da la vida, y no una vida cualquiera, sino una vida eterna, que ya en la tierra comienza a ser plena e intensa, llena de sentido.

Sacia nuestra hambre, no de comida, sino de infinito, de amor sin límites, de aquello que nada humano puede satisfacer. Dios es el único que puede cubrir ese abismo sediento que es nuestra alma.

Cuando flaqueamos, abrumados por dificultades materiales o por problemas que afectan nuestro estado anímico, él también nos reconforta. No hay mejor psiquiatra que Dios, que nos cura con su amor y nos da la paz de su regazo.

Y con esta imagen el salmista concluye: Dios es nuestro auxilio y nuestro escudo. Agarrándonos a él, no nos hundiremos, y nadie podrá hacernos daño. Al menos, no podrá matar lo más valioso que tenemos: nuestro espíritu y nuestra libertad, confiadas en Sus manos.

Esta frase tan recurrente en los salmos también deberíamos meditarla: «la misericordia del Señor llena toda la tierra». Esto quiere decir que nunca confiaremos lo bastante en Él: siempre nos da más. Su amor es inagotable, no se acaba, no se cansa, no se restringe. Jamás nos faltará, si se lo pedimos. Misericordia es una palabra latina que traduce una expresión hebrea muy tierna: se refiere al amor entrañable que siente una madre contemplando a sus retoños. Significa que el corazón de Dios se conmueve: nada de lo que nos sucede le es indiferente. ¡Hablémosle con sinceridad!

11 de octubre de 2024

Sácianos de tu misericordia, Señor

Salmo 89


Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría.
Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo? Ten compasión de tus siervos.
Por la mañana sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo. Danos alegría, por los días en que nos afligiste, por los años en que sufrimos desdichas.
Que tus siervos vean tu acción, y sus hijos tu gloria. Baje a nosotros la bondad del Señor y haga prósperas las obras de nuestras manos.

En los versos de este salmo hay un contenido muy denso que, aparentemente, quizás no lleguemos a captar. Vayamos desgranando frase por frase, palabra por palabra, y descubriremos en él una profunda sabiduría existencial.

El verso que cantamos como estribillo termina con una promesa de felicidad: «toda nuestra vida será alegría». ¿No es este el deseo de todo hombre, en todo tiempo y en todo lugar? Pero lo interesante es ver qué produce esta alegría: «Sácianos de tu misericordia», dice el salmo. Esto, y no otra cosa, será lo que nos cause la felicidad.

Misericordia es un concepto que se entiende poco y que nos suena a compasión, incluso a condescendencia. Los teólogos explican el significado de esta palabra: misericordiosa es la persona de corazón tierno, capaz de conmoverse, de compadecerse y de empatizar con el otro. En hebreo, el significado aún es más rotundo. Viene de la palabra entraña y significa mirar con amor y con ternura entrañable de madre.

Así nos mira Dios. Su mirada es fuente de amor desbordante, de bondad, de dulzura y de fuerza. Es él quien, mirándonos, nos sacia y nos hace exultar de alegría.

Esta petición tiene muy poco que ver con una mentalidad autosuficiente que encumbra al ser humano y pretende hacerlo capaz de todo. El salmista reconoce que el hombre, con sus propias fuerzas, no puede conseguir la felicidad. Esta es una realidad que vemos patente a lo largo de toda la historia. El hombre persigue la felicidad, pero le resulta difícil conseguirla y, cuando lo intenta sin contar con Dios, acaba cayendo en el más espantoso desastre. Los paraísos sin Dios terminan por convertirse en infiernos que se cobran miles de víctimas.

Pero el salmo sigue. Se adivina en sus líneas un padecimiento que ha marcado al pueblo, un largo periodo de desdichas, el exilio en Babilonia. Los israelitas intentaron dar un sentido a las desgracias sufridas e interpretaron la caída de su reino y el destierro como una consecuencia de su alejamiento de Dios. Por eso dice «danos alegría por los años en que nos afligiste», como si Dios, de algún modo, hubiera castigado a su pueblo. Volver a reconciliarse con él trae la salvación y la esperanza. Por eso el salmo contiene también una súplica: que Dios se apiade e intervenga a favor del pueblo. «Que tus siervos vean tu acción… Baje a nosotros tu gloria».

Quizás esta interpretación, hoy, nos resulte simple e inexacta. No podemos aceptar que Dios premie y castigue la lealtad, como lo haría un señor terrenal con sus vasallos. Jesús nos mostró que Dios es leal siempre y que nosotros somos sus hijos, no sus siervos. Nos enseñó, dando su vida, que Dios se entrega a sus hijos aunque estos se alejen de él. Dios no espera nuestra justicia para impartir la suya, que es bondad desbordante y sin medida.

En cambio, sigue siendo actual la interpretación de este salmo como un toque de alerta a nuestro orgullo autosuficiente. «Enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato». Sepamos contemplar nuestra vida en su justa mesura, entendamos que no somos inmortales, ni ilimitados, ni omnipotentes. No somos dioses y vivimos en la contingencia. Pero tampoco estamos solos. Dios está ahí y vendrá si lo invocamos. Nosotros ponemos nuestro esfuerzo y afán, pero él, y solo él, puede hacer que dé fruto y prosperen las obras de nuestras manos.

4 de octubre de 2024

Que el Señor nos bendiga todos los días

Salmo 127


Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda, en medio de tu casa;
tus hijos, como renuevos de olivo, alrededor de tu mesa.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén todos los días de tu vida.
Que veas a los hijos de tus hijos. ¡Paz a Israel!

En este salmo hay una doble alabanza: a Dios, que reparte sus bendiciones y que vela por nosotros «todos los días de nuestra vida», y al justo que sigue los caminos del Señor. A través de imágenes sencillas y expresivas, el salmista nos muestra qué dones recibe el que «teme al Señor»: son aquellos que todo hombre de aquella época podría considerar los mayores bienes: una esposa fecunda, un hogar próspero, hijos sanos y hermosos, salud y una descendencia numerosa. Hoy, tantos siglos después, este sigue siendo el sueño de muchísimas personas: formar una familia, gozar de bienestar económico y vivir una vida larga y pacífica junto a los seres queridos.

Pero, ¿quién puede conseguir esta felicidad? ¿Quién es el que teme al Señor y sigue sus caminos? En lenguaje de hoy no podemos comprender que haya que tener miedo de un Dios que es amor. Pero esa falta de temor tampoco nos ha de llevar al olvido y al descuido. Dios nos ama, pero también nos enseña. Nos muestra, a través de la Iglesia y especialmente a través de su Hijo, Jesús, cuál es el camino para alcanzar una vida digna, llena de bondad. Lo que hemos de temer es olvidarnos de él, ignorarlo, vivir a sus espaldas. ¡Ay de nosotros si apartamos a Dios de nuestra vida! Perderemos el referente ético, caeremos en la oscuridad y el desconcierto, comenzaremos a vagar a la deriva. Perderemos la paz, la armonía familiar y hasta los bienes materiales, tarde o temprano.

Los antiguos ya indagaron sobre qué debía hacer el hombre que buscaba una vida sana, dichosa y en paz. Los filósofos clásicos llegaron a la conclusión de que se podía alcanzar mediante la honradez y la práctica de las virtudes. También los israelitas creían que mediante el culto a Dios y el cumplimiento de sus mandatos, que no dejan de ser prácticas cívicas y virtuosas, podrían alcanzarla. Los cristianos, hoy, tenemos un camino aún más claro y directo: Jesús. Ya no se trata de aprender doctrinas o de leer muchos libros, sino de conocer, amar e imitar al que amó generosamente, hasta el extremo, y aprender a amar como él lo hizo. Ese es nuestro auténtico camino.

Por eso este salmo, además de alabanza, es un recordatorio. Dios cuida de nosotros siempre, cada día que pasa. Y nos muestra el camino hacia la «vida buena», la que todos anhelamos en lo más profundo de nuestro ser, la que merece ser vivida. Es un camino que pasa por dejar de ser el centro de nosotros mismos y entregarse a los demás.

27 de septiembre de 2024

Mandatos que alegran el corazón

Salmo 18


Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.

La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante.

La voluntad del Señor es pura y eternamente estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Aunque tu siervo vigila para guardarlos con cuidado, ¿quién conoce sus faltas? Absuélveme de lo que se me oculta.

Preserva a tu siervo de la arrogancia, para que no me domine: así quedaré libre e inocente del gran pecado.


Cuando oímos hablar de leyes y normas, en seguida nos viene a la mente la idea de restricción, de coacción, incluso de pérdida de libertad. En cambio, en este salmo leemos que la ley del Señor produce en sus fieles un efecto totalmente contrario a la represión.

Es una ley que proporciona alivio y paz: “descanso del alma”. Es educativa: “instruye al ignorante”. Causa alegría al corazón, otorga clarividencia y sabiduría. No es como tantas leyes humanas, que sirven para controlar a las gentes, a veces necesariamente pero otras veces de forma injusta, por muy legales que sean.

La ley de Dios tiene otras cualidades. Las leyes humanas cambian y lo que antes era ley hoy incluso puede ser un crimen, pero la ley divina es perfecta e inmutable. Así lo reza el salmo: es eternamente estable. ¿Por qué? Porque es pura, perfecta y verdadera. Porque no procede de la voluntad humana ni de sus intereses, sino del amor de Dios.

La ley de Dios, en realidad, es la ley del amor, como Jesús enseñó. Y el amor, efectivamente, tiene sus mandatos y opera un efecto en quienes se rigen por él. No hay que entender la palabra “mandato” como una obligación impuesta; Dios quiere nuestra fidelidad, y no es posible ser fiel sin ser libre. El mandato significa una necesidad prioritaria, un imperativo básico, de la misma manera que para sobrevivir son imperativos el respirar, comer, descansar lo suficiente.

¿Qué consecuencias tiene seguir esta ley? El salmista que compuso estos versos lo sabía muy bien. Seguir la ley del Señor otorga serenidad, alegría y sabiduría. Es una ley que nos libera de las peores opresiones: nuestro orgullo, nuestros prejuicios, nuestro egocentrismo, nuestros miedos. “Preserva a tu siervo de la arrogancia”, dice el verso, pues esta domina y tiraniza. El “gran pecado” es el orgullo, que ciega y nos impide ver con realismo nuestra vida.

Esta ley del Señor pide y otorga humildad. Pero a la vez nos hace intrépidos, porque el amor no conoce temor ni se endiosa. Esta ley nos ayuda a vivir con plenitud. 

20 de septiembre de 2024

El Señor sostiene mi vida


Salmo 53


El Señor sostiene mi vida.
Oh Dios, sálvame por tu nombre, sal por mí con tu poder. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras.
Porque unos insolentes se alzan contra mí, y hombres violentos me persiguen a muerte, sin tener presente a Dios.
Pero Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida. Te ofreceré un sacrificio voluntario, dando gracias a tu nombre, que es bueno.


«El Señor sostiene mi vida.» En estas palabras descansa nuestra fe y una actitud vital y existencial de confianza, llena de sentido.

Dios en la Biblia es visto como Señor de la vida, siempre viviente, el «Dios de vivos, y no de muertos», como dice Jesús. Desde un punto de vista filosófico, Dios es el que es, la perfección del ser, porque siempre ha sido, es y será, más allá de las limitaciones del espacio y del tiempo. Dios es el Ser con mayúsculas.

Por eso nos sostiene a nosotros en la existencia. Somos, dicen algunos poetas, una llama de la gran hoguera que arde de vida y que da origen a todo cuanto existe. Somos un soplo del aliento de Dios, somos una gota de su mar, un eco de su voz creadora. Acercarnos a él y a su misterio es volver a nuestros orígenes, es alimentarnos de nuestras raíces y encontrarnos con lo más genuino de nuestro propio ser.

Por eso, cuando las dificultades y los peligros nos amenazan, necesitamos regresar a esa áncora, a esa raíz que nos sostiene y evita que caigamos en la desesperación. Es en tiempos de crisis, tanto personal como social, cuando necesitamos un tiempo para hacer silencio, reflexionar y orar. Aunque nuestra oración no sea más que una súplica: «Oh Dios, sálvame por tu nombre. Oh Dios, escucha mi súplica, atiende a mis palabras».

Dios siempre escucha, no lo dudemos. Otra cosa es que sepamos oír su respuesta. A veces calla, a veces se toma un tiempo en responder, porque quizás necesitamos calmarnos y aprender a ver las cosas con más lucidez… Otras veces puede ser que nos responda, pero que nosotros no sepamos interpretar su lenguaje y sus señales.

El salmo reitera la expresión «tu nombre». El nombre de Dios, que aparece en el Decálogo y en el Padrenuestro, por citar dos lugares conocidos por todos, es algo más que un nombre. Explica el Papa Benedicto en su libro sobre Jesús que nombrar a alguien significa que podemos dirigirnos a esa persona, podemos dialogar con ella, como un interlocutor. Podemos escucharla y amarla. «El nombre de Dios» nos remite a un Dios personal, un Dios cercano, amigo. No se trata de una energía cósmica o de un poder que podamos aplacar o dominar con ciertas artes o ensalmos. Dios siempre está más allá de nuestra dimensión limitada y temporal pero, al mismo tiempo, siempre está «más acá», en lo más íntimo de nosotros, sosteniendo nuestra vida, cuidándonos. Ni un solo cabello caerá, dice Jesús, sin que él lo sepa. Démosle gracias, con cariño, por su presencia amorosa.

14 de septiembre de 2024

Caminaré en presencia del Señor

Salmo 114

Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: «Señor, salva mi vida».

El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó.

Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.

Este es un salmo de consuelo y aliento. La frase que se canta como respuesta: Caminaré en presencia del Señor, podría ser un hermoso lema para cada día. No es lo mismo vivir ignorando a Dios, inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana, que ser consciente de que cada paso que damos, cada segundo de nuestra vida que se desliza, transcurre ante la mirada de Alguien que nos contempla con amor. 

El salmo relata una serie de circunstancias adversas. Ya sea por acontecimientos externos, o porque dentro de nosotros mismos descubrimos abismos tenebrosos, ¿quién no se ha sentido atrapado, angustiado, caído y envuelto “en redes de muerte”?

Es en esos momentos cuando podemos rebelarnos contra Dios o pedir su auxilio. El salmo dice que “el Señor guarda a los sencillos”. Ante las dificultades de la vida, la persona orgullosa puede optar por afrontarlas sola, o bien por renegar de un Dios que permite tanto mal. Pero el sencillo de corazón, el que se siente pequeño y necesitado, pide ayuda. ¡Esa será su salvación! Porque Dios nunca ignora una súplica sincera. ¿Cómo podemos pensar que los males que azotan el mundo son voluntad suya? Es su ausencia la que causa dolor y desgracia en el mundo. Allí donde Dios es rechazado, cunde el dolor y la barbarie.

El salmo 114 es una llamada a la esperanza y a confiar en Dios, teniéndolo siempre presente en nuestra vida. Vivir conscientes de la presencia del Señor ha sido una constante en la vida de muchos santos. Y ese “país de la vida” es una hermosa expresión que no significa otra cosa que una existencia densa y llena de sentido, porque sabemos que Dios la ha querido y la ama.

6 de septiembre de 2024

Alaba, alma mía, al Señor

Salmo 145


Alaba, alma mía, al Señor.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos.

El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el  Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos.

Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente, tu Dios, Sión, de edad en edad.


Este cántico agradecido nos muestra por un lado cómo es Dios y, por otro, cómo podemos llegar a ser los humanos.

Para muchos descreídos, no es más que una oración de consuelo para quienes sufren. El canto de un pueblo tantas veces sometido resuena como eco en las vidas maltratadas por la desgracia, el hambre, la pérdida o los daños provocados por otros. El ateísmo ve en la religión un opio, una droga dulce que amansa a los oprimidos y los hace resignarse en su desgracia, con la esperanza vana de un Dios que vendrá a rescatarlos y a solucionar sus problemas.

Nada más lejos de la auténtica intención del salmista. Para expresar una vivencia espiritual a menudo es necesario recurrir a la poesía. Y los salmos, en buena parte, son fruto de experiencias de profunda liberación interior. Brotan de la consciencia de que Dios, verdaderamente, «salva».

¿De qué salva? En el fondo, todas estas esclavitudes, más allá del mal físico, son consecuencias del mal. El hambre y la injusticia son consecuencias del egoísmo humano, a gran escala. La ceguera de la obstinación, la cojera del miedo, la cautividad de la egolatría, la senda tortuosa del que maquina contra los demás… Todo esto son torceduras y heridas en la bella creación de Dios y en su criatura predilecta: el ser humano. Y Dios, que no nos ha dejado abandonados al azar, siempre vuelve a salvarnos del mal.

Con su amor y su predilección por los más débiles, Dios no sólo nos muestra su corazón de madre, sino también la parte más tierna, profunda y arraigada en la naturaleza humana. Dios actúa en el mundo por medio de nosotros. Sí, los hombres podemos ser crueles y perversos, pero también existe en nosotros la semilla del bien, de la misericordia, de la generosidad. Podemos poner barreras y alambradas, pero también sabemos tender la mano a quienes piden auxilio.

Somos capaces de grandes hazañas y de hallazgos que pueden mejorar nuestras vidas. Trigo y cizaña crecen juntos hasta la siega… ¿Qué mies vamos a regar y a cultivar para que crezca más fuerte en nuestro corazón?

30 de agosto de 2024

¿Quién puede hospedarse en tu tienda?


Salmo 14


Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?

El que procede honradamente
y practica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

El que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor.

El que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que así obra nunca fallará.


¿Quién puede hospedarse en la tienda de Dios? Es una hermosa imagen que nos traslada a los tiempos del éxodo, cuando el pueblo nómada viajaba de un lugar a otro y también Dios tenía un templo ambulante, una tienda en la que se alojaba su divinidad.

En lenguaje cristiano, diríamos: ¿quién puede entrar en el cielo? O en términos más actuales: ¿Quién puede vivir junto a Dios? Si queremos hablar en un lenguaje más místico podríamos decir: ¿quién tiene a Dios en su interior? ¿Quién se llena de su presencia?

Porque todos ansiamos entrar en ese reino, esa dimensión sobrenatural donde se vive en plenitud, donde se halla la paz y la felicidad sin límites. Aunque vivimos en un mundo complicado, lleno de problemas, limitado por todas partes, nuestro corazón ansía ese cielo donde la belleza, la bondad y la verdad se encuentran en su plenitud.

Pues bien, los salmistas, que cantan una honda experiencia de Dios, nos dicen que el reino de Dios no está tan alejado del reino de los hombres. Que el cielo en la tierra no es algo que esté fuera de nuestro alcance. Que para alojar a Dios entre nosotros no necesitamos hacer grandes cosas: basta con que abramos nuestras puertas al vecino, al hermano, al prójimo que necesita de nosotros. El salmo de hoy nos viene a decir que el reino del cielo empieza en la tierra, y que a Dios le preocupan los asuntos humanos, tanto o quizás más que a nosotros mismos.

¿Quién entrará en el cielo? ¿Quién se alojará en presencia de Dios? El salmo va repasando: el que es honrado, practica la justicia, no difama, no hace daño, respeta a los creyentes, no hace usura ni acepta sobornos. En definitiva, se trata de cumplir los mandamientos, esos principios básicos de convivencia y honestidad que, si se cumplieran, harían que nuestro mundo fuera mucho mejor.

Fijémonos que Dios no pide cosas extraordinarias ni místicas: no pide grandes sacrificios, ofrendas, oraciones o prácticas ascéticas. No pide acciones especialmente “espirituales”, sino que nos comportemos bien en nuestro día a día y que no cedamos a las tentaciones, tan habituales, de la  codicia, la crítica, el orgullo y el desprecio.

A veces pensamos que estaremos más cerca de Dios por ir mucho a la Iglesia o por mucho rezar. Esto es buenísimo, y agrada a Dios, por supuesto. Pero muchas personas creyentes y practicantes olvidan, en cambio, ser generosas, ayudar a los pobres, y les encanta criticar y sacar los defectos a los demás. Nuestra actitud hacia el dinero y lo que hacemos con la lengua nos aleja de Dios, porque a menudo es egoísta y perjudica a los que nos rodean. Olvidamos que la segunda parte del gran mandamiento, que los engloba a todos, es “amar al prójimo como a uno mismo”. Nos quedamos en Dios… y nos olvidamos del otro. Cuando el otro es la imagen más próxima, más perfecta y más asequible de nuestro Creador.

¿Queremos alojarnos en la tienda de Dios? Abramos nuestra tienda a nuestros hermanos, abramos nuestro corazón a ayudarles, y digamos "no" a todo cuanto pueda perjudicarles. Es un primer y gran paso para vivir el reino del cielo aquí en la tierra.

23 de agosto de 2024

Gustad y ved


Salmo 33


El Señor me libró de todas mis ansias.
Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. 
Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. 
Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias. 
El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él. 

Hoy encontramos muchísima literatura, cursos, talleres y material audiovisual de autoayuda. Buena parte de todo este esfuerzo se centra justamente en librar a las personas de su angustia vital. Una angustia que puede estar provocada por los problemas o circunstancias que nos acosan diariamente pero también, en muchos casos, es fruto de una actitud ante la vida y los sucesos, que nos vuelve frágiles y nos hace zozobrar en medio del oleaje.

La humanidad ha alcanzado cimas muy altas en ciertas áreas del saber y disponemos de muchísimos recursos para afrontar los desafíos de la vida. Pero, con la proliferación de recursos y el auge tecnológico y científico también ha crecido la inseguridad en todos los aspectos. Padecemos inseguridad económica, miedo ante el futuro, ante la soledad, la pobreza, la enfermedad o la guerra. Y padecemos, también, estrés, un azote de nuestra cultura occidental, la sensación de estar corriendo hacia ninguna parte y una terrible falta de sentido que nos hace ver la vida como una carga, vacía, efímera y a veces absurda.

¿De dónde viene esta actitud? Quizás el origen de todo haya sido una sobrevaloración del poder humano, una soberbia y un alejamiento progresivo de Dios; un olvidarse que, detrás de todos los logros del hombre está la potencia invisible pero siempre presente de Dios.

En este contexto la Biblia, el libro de autoayuda más antiguo y quizás el mejor que existe, viene a darnos luz. No es un consuelo barato ni una ilusión. La Biblia no se anda con rodeos: no quiere deslumbrarnos con fuegos artificiales ni adormecernos entre humo de incienso. Los salmos de súplica reflejan realidades humanas de dolor, miedo y angustia sin paliativos. Pero al mismo tiempo reflejan una vivencia muy honda y real: la del hombre que ha encontrado a Dios y, con él, ha podido levantarse y seguir adelante.

El salmo nos dice que Dios siempre responde cuando clamamos a él. Es un Dios que escucha. Me libró de todas mis ansias: es un Dios liberador. El salmo no nos dice exactamente qué hace Dios para librarnos. Por experiencia sabemos que Dios no interviene en nuestra vida como un mago, para sacarnos las castañas del fuego. Pero sí sabemos que su presencia nos conforta, nos anima y nos impulsa. ¿Cómo nos ayuda Dios?

Quizás la respuesta esté en los mismos versos del salmista: El ángel del señor acampa en medio de sus fieles... Dios no nos envía remedios, ¡él mismo viene en nuestro auxilio! Su ayuda es él. Se nos da, en persona, para acompañarnos, para estar a nuestro lado, para llenarnos con su vida. ¿Somos conscientes de que está con nosotros, dentro de nosotros, insuflándonos su aliento, sosteniéndonos en el ser, a cada instante?

Contempladlo y quedaréis radiantes. Ahí está el secreto: en la contemplación, en la oración silenciosa ante él. Respirar, agradecer la vida, sentir su presencia nos hará conscientes de que todo cuanto tenemos y somos es un don. En él vivimos, nos movemos y existimos. Estamos arraigados en él, que nos da la existencia y nos lo da todo... Esa certeza hace brotar la gratitud, y con la gratitud desaparecen el miedo y la angustia.

¡Cantemos! Dejémonos amar por el que es más íntimo que nuestra más profunda intimidad. Y su amor nos librará de la angustia y nos hará caminar erguidos, confiados, alegres y valientes. Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que se acoge a él.

Gustad y ved qué bueno es el Señor